30/07/2026
 Actualizado a 30/07/2026
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Prometo que el taco que voy a escribir en la siguiente frase va a ser el único del artículo y es porque no lo puedo evitar. «¡Teleno pá las cabras y no pá los cabrones!» Esta frase nos acompañaba en las manifestaciones anti-Otan en los últimos años setenta y primeros de los ochenta del pasado siglo. El Teleno, el monte sagrado de los astures fue convertido por el General y sus adláteres en un campo de tiro del ejército. Allí, desde entonces, se prueban los cañones y los misiles que luego nunca utilizamos, ¡gracias a Dios!, y que vendemos, por ejemplo, a los ucranianos para que maten a civiles rusos. El caso es que, desde el artículo que escribí hace quince días y en que os hablaba del miedo que me da lo que se puede quemar en lo resta de verano, la cosa ha ido a más y hasta arde todo a cincuenta kilómetros del centro de Madrid. Será por esta cercanía a la capital que los telediarios nos bombardean, nunca mejor dicho, con imágenes dantescas, apocalípticas, de esas que te ponen los pelos de punta. Además, nuestros políticos, en vez de unir fuerzas para solucionar el caos, se encuentran enfrascados en una pelea de niños chicos, utilizado, una vez más, el famoso «y tú más».

La cosa, por supuesto, no viene de ahora; el drama empezó cuando en los años del desarrollismo, una gran parte de la España interior, de la España agrícola y ganadera, fue obligada a despoblarse para que las grandes ciudades tuvieran a su disposición mano de obra barata. Si no hay gente para cultivar, para cuidar el ganado, la naturaleza hace su trabajo y ocupa con matorrales todo el campo abandonado, con lo que el drama está servido. Hacen falta cabras para que limpien el monte y quién no lo entienda no puede estar al frente de los organismos que se ven impotentes para controlar toda esta ola de incendios. Sé que lo que digo caerá en saco roto por dos razones: la primera, porque me leen diez o veinte personas; y la segunda, porque el capitalismo más siniestro ha hecho su trabajo y ha creado un conglomerado de empresas que viven gracias al dinero público y que intentan, sin lograrlo, parar el fuego a tiempo..., o provocarlo. Está todo en llamas, incluso el mundo, merced a unos políticos que, en todos los lugares de Europa, han perdido el norte. Los europeos, presa de una miopía que no tiene paragón en la historia, nos están metiendo de lleno en una confrontación con Rusia, olvidando que es la nación que más bombas atómicas tiene del mundo y que no dudarán en usarlas si se ven acorralados o una parte de su territorio es invadida por estos dementes. Bien pensado, ojalá suceda y que Alemania, Francia e Inglaterra desaparezcan de una vez de la faz de la tierra. Casi todos los males que han soportado los hombres desde hace cuatro siglos han tenido su origen en estos estados, muy dados al imperialismo y a la rapiña en todos los territorios que ocuparon. No es una exageración lo que escribo, basta leer cualquier libro de historia para darse cuenta de la verdad de mis afirmaciones. Y los europeos, en vez de manifestarse por las calles y de quemar los parlamentos, callan como estúpidos, asistiendo impertérritos al desastre. Mucha culpa, también, la tienen los grandes medios de comunicación, las televisiones y los grandes periódicos, que, en vez de contar la verdad, callan y otorgan puesto que su supervivencia está unida al dinero que reciben de los distinto gobiernos y que, por lo tanto, no hacen su trabajo, que debería ser fiscalizar la acción de gobierno y no aplaudir con las orejas todas los dislates que hacen, un día sí y otro también. No hay más que leer El País o El Mundo, ver los telediarios de la 1, de Antena 3, de Telecinco, para darse cuenta de que son, meramente, «la voz de su amo», su correa de transmisión, sus obedientes lacayos. Decía el General: «usted, haga como yo, que nunca me meto en política».

Yo, en mi modestia, os recomiendo encarecidamente que leáis sólo ‘La Nueva Crónica’ y el ‘Diario de Valderrueda’; si así lo hacéis, dormiréis mucho más tranquilos, de un tirón, porque no estaréis corrompidos por la propaganda. Salud y anarquía.

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