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El caballo de Babia

13/09/2026
 Actualizado a 13/09/2026
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Empecé mi descanso veraniego coincidiendo con la subasta de un caballo sin dueño que apareció cerca de Peña Ubiña, en tierras babianas.  El precio de salida era de 70 euros. Me despedí anunciando que me iba a cruzar el verano con él y, un año más, cerré las ventanas virtuales que te aíslan del ruido del mundo y los cuarterones, que te garantizan penumbra en la casa. Regreso admitiendo que el caballo no quiso quedarse y salió al galope, incapaz de soportar días tan  tórridos. Creo que ya llegó al invierno y no puedo culparle por ello.

También a mí me gustaba más cuando las vacaciones consistían en  preparar la maleta y marchar unos días a cambiar de aires. Eso que, según las madres, abría el apetito a niños y  abuelos. Ahora pienso que lo decían por esa necesidad suya de encontrarle partido a todo porque, en realidad, regresabas tan descansado como te habías ido y con la piel del invierno  un poco barnizada, que allí el moreno moreno, como Dios manda, se cogía en las eras.  Me gustaba más cuando coger vacaciones era no trabajar quince días seguidos, aunque los pasaras pintando el pasillo, descolgando cortinas y poniendo lavadoras. Cuando aislarse del mundo no solo era posible.  Era lo más probable si el descanso era en invierno  y una nevada de medio metro te pillaba en el pueblo con Isaac y Bernardina, hasta el punto de enterarte lo que ocurrió un 23F  cuatro días más tarde.  Cuando un 15 de agosto había que poner la chaqueta y encender la lumbre al caer la tarde, como  si cada día contuviera todas las estaciones del año. 

Todo eso ocurría en un tiempo y lugar donde el hombre no abusaba de la Tierra, el sol no estaba cabreado y había forma de conseguir silencio y penumbra en la casa. Era cuando las ventanas tenían cristales y un marco de madera, de aspecto tan sencillo como sus dueños, pero tan seguras y fuertes como ellos, cuando aún eran futuro las palabras aluminio y ventanas virtuales. Esas que no te dejan descansar cuando te lo propones y permiten que te empape la riada de lodo, agua y rocas, arrastrando todo aquello que tuviera vida en la frontera entre el Tíbet y Nepal, provocada por el colapso de un glaciar.  Y te alcanzan los temblores de Indonesia, Colombia, Perú, Bolivia o Venezuela, castigados por los terremotos. Un verano con demasiados escombros y motivos para empezar diciendo «Contará la historia…» y después hacer recuento de muertos, heridos y familias a la intemperie, sin más propiedad que  la desesperación. Y bajo la misma intemperie, miles de personas comparten miseria en Ceuta. Sobre todo en este caso, será la historia quien nos cuente quién abrió la puerta para que un enjambre de humanos cruzara las piedras del espigón de El Tarajal, cambiando de continente, mientras otros lo hacían nadando y a más de un centenar se les quedó la vida flotando entre dos tierras. Dicen que vinieron, “invadieron” y se fueron. Un verano de extremos que parece sacado de “La balsa de piedra” de Saramago, rematado con un eclipse total de sol y nuestro terruño leonés elegido por los dioses, como uno de los lugares en que se vio en  su total plenitud.  

Las cosas han sido tan grandes que los lapiceros no consiguen escribirlo y los que venimos de lugares tan pequeños como aquel donde encendíamos la lumbre el 15 de agosto por la tarde, considerábamos aventura y contábamos al regresar al internado, que un día el oso bajó al pueblo y destrozó tres colmenas.  Que hubo un chaparrón tan grande que se inundaron los huertos y se perdieron los tomates y las cerezas.  Que se despeñó una oveja, pero nacieron tres corderos. Y ya metidos en camisa ajena, en la sección de chismes, contábamos  que el cartero se compró una bici  y había sospechas de que  se  echó novia en el pueblo de abajo. En el apartado de economía, los mayores hablaban del éxito o fracaso de la feria de ganado y si la cosecha de centeno fue buena o mala. Y en la parte dedicada a vagos y maleantes, se decía en voz baja que los guardias pillaron a fulanito pescando cangrejos que no daban la talla, pero con una docena de ellos cambiando de mano, se zanjó el asunto. Eran cosas tan sencillas y abarcables que podían escribirse a lápiz sin apretar siquiera. Eran veranos fáciles. Sin escombros, terremotos, olas de calor y glaciares colapsando. Veranos en los que  los animales no huían buscando el invierno, como el caballo de Babia.  Me quedo con la niña de seis años rescatada con vida en el norte de Nepal, sesenta horas después de quedar atrapada bajo un amasijo de ruinas, piedras y lodo. Pero, sobre todo, me quedo con aquellos tiempos de batallas blancas y piedras blandas con las que mis hermanos rompían los cristales de las ventanas, antes de  que fueran virtuales y dejaran pasar las balas. Me quedo con su guerra limpia, firmando armisticios cada tarde ante una hogaza y ante una madre que remendaba rodillas y rodilleras. Aunque suene melancólico, me quedo con aquel verano, sin importar de qué año, aunque no tuviéramos un eclipse de sol al caer la tarde.

Bien hallados todos. 
 

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