Si una palabra de nuestra lengua se ha cargado en los últimos tiempos con un significado más que negativo, posiblemente no sea otra que burbuja. Cuando la escuchamos o leemos, nadie piensa ya en su acepción primera, la que remite a un globo de aire u otro gas; si acaso, la tenemos en cuenta en tal sentido tan solo cuando nos advierten de los males que entrañan para la salud ciertas bebidas gaseosas, lo cual también atemoriza, aunque no mucho porque las seguimos consumiendo. Pero el miedo a las burbujas, debidamente alimentado desde cualquier ángulo que consideremos, viene de sus otras acepciones de día en día más presentes.
La primera mala burbuja nos asaltó a finales de los años 90 a causa del crecimiento bursátil de los valores apellidados puntocom, es decir, las primeras empresas vinculadas a la primitiva Internet. La especulación que se sumó a aquellas inversiones hizo saltar por los aires el globo y estalló. Se inició un nuevo mundo, no sólo en lo tecnológico/digital, sino, y sobre todo, en el lucro asalvajado. Lo supimos bien, y lo padecimos, a finales de la década siguiente con la doble burbuja financiera e inmobiliaria. Fue una explosión general y durísima, cuya resaca permanece aún en muchos campos; lo que no evita tentaciones de repetición, en particular en lo inmobiliario. La vivienda es la gran burbuja de hoy en día.
Luego nos llegó el ébola, la pandemia y ahora el hantavirus y supimos que una burbuja es también un habitáculo hermético y aislado del exterior o que, vinculada a una persona, se trata de alguien sometido a terapia con aislamiento absoluto. Y el drama fue sobresaliente.
Es escuchar el término burbuja y desatarse todo tipo de pánicos, por no mencionar todas las barbaridades a que da lugar en opiniones que se vierten con la más absoluta frivolidad o mala baba. Esto de las opiniones es quizá una enfermedad tan letal como las propiamente dichas.
Lo cual que pobres burbujas. Algo aparentemente inocuo, pero que produce un daño de mucho cuidado.