Dice Samir que su abuela Amina tiene 75 años, las manos muy suaves y un ángel en ellas, que aparece cuando guisa, cuando borda o hace collares de coral y caracolas. Los días especiales se adorna las manos con henna y se pone un hiyab color malva que la hace parecer etérea. En casa usa chilaba y dice estar ahorrando para regalarle una gandora, cuando vaya a verla en verano. Habla mirando a lo lejos, como si la viera a través de la ventana, esa que da a un patio interior oscuro y húmedo. Su palabra más usada es ese casi suspiro «mmoi» que significa `madre/ abuela´, porque un parto difícil convirtió a Amina en su madre.
Diego dice que la suya se llama Valentina. Que viste normal, pero tiene una blusa blanca de encaje, una falda estampada con colores muy vivos, un delantal y alpargatas, para las fiestas. Cuando se lo pone está muy guapa. Que vive en una casa de bareque, reconstruida por su padre cuando se la llevó el monzón, con palos, bambú y barro. Y añadió un corredor cuando ya eran media docena en casa. Que la pintó de colores vivos y tonos tostados, mimetizándola con el campo y los cafetales. Y lo dice mirando por la misma ventana que Samir, la que da a un patio interior oscuro y húmedo.
Samir llegó de Marruecos y Diego de Colombia. Comparten trabajo nocturno en una nave industrial, un cuarto y una ventana para soñar lejanías, por la que salen deseos y entran nostalgias. A veces llega olor a tajine, ese guiso lento de carne y verduras que Amina prepara a lo lejos, en cazuela de barro. O les alcanza el aroma de la Bandeja Paisa colombiana, que Valentina prepara como nadie. Así viven, compartiendo estrecheces, masticando recuerdos y sintiéndose afortunados, viendo las noticias de los últimos tiempos.
En Vitoria-Gasteiz se desalojó a una mujer, víctima de la violencia de género, con dos hijos a su cargo, de una vivienda de alquiler social. En Manilva se desalojó un bloque entero, afectando a más de 300 personas, incluidos 50 menores, porque unos buitres se llevaron el inmueble tan alto, que sus inquilinos ya no pueden alcanzarlo. En Madrid se frenó el desahucio de una anciana de 87 años, que no volverá a coger sueño, sabiendo al buitre sobrevolando su casa. Podríamos seguir recitando casos, pero no es necesario. Es siempre la misma herida en diferente carne. Queda demostrado que el problema de la vivienda son Samir, Diego y la habitación que comparten.
Mientras alguien vocifera que la Prioridad Nacional es impedir que uno de ellos reciba atención sanitaria porque aún no le han sellado los papeles, dicen los datos de abril que las listas de espera quirúrgicas han alcanzado cifras récord, con una demora media de 128 días. Ya nadie habla de aquellos audios filtrados, en los que el CEO de Ribera Salud `ordenaba aumentar las listas de espera´ en el Hospital Público de Torrejón, para maximizar las ganancias. Mientras Samir y Diego evocan a sus madres en un cuarto compartido, oyen que son ellos los culpables de las vergonzosas listas de espera de nuestra sanidad pública. Habrá que erradicarlos.
Ese cuento ya nos lo contaron antes. Se lo oímos a un hombre anaranjado. El que encarece nuestra vida a base de aranceles y hace guerras que enriquecen a los que venden plomo y empobrece a los que venden alimento. También él contó eso de “Érase una vez unos migrantes sin papeles, causantes de todos los males del mundo”. Y el cuento acabó con una cacería humana, indiscriminada y cruel, en la que fueron asesinados a plena luz del día, para espanto del mundo, dos ciudadanos estadounidenses. Ni siquiera eran inmigrantes. Y vimos a personas arrancadas de sus familias y hacinadas en lugares más propios de tiempos de galeras que de este siglo, por el pecado de nacer en otro sitio y tener hambre en vez de papeles.
Qué miedo, aquella cuadrilla de matones, armados hasta los dientes, con permiso para todo. Qué miedo, la bella Christi advirtiendo con sonrisa de mármol: «No entren a nuestro país ilegalmente… los atraparemos y los enviaremos de regreso». Qué miedo, la mujer de cera, los hombres de plomo y el hombre naranja con un enjambre en la sesera. Y, sobre todo, qué miedo que alguien, participando ya en gobiernos autonómicos en este país, apoye esas políticas que arruinan nuestra economía y considere Prioridad Nacional evacuar inmigrantes o quitarles derechos básicos. Qué miedo a los que siguen su juego y qué insulto a la inteligencia humana culpar a los que apenas consiguen sobrevivir, del daño provocado por los buitres que negocian con el hogar, el pan y la salud de los ciudadanos.
Prefiero quedarme en ese cuarto que a veces huele a té verde con menta, acompañando historias de arena, camellos y pueblos bereberes. Y otras, huele al café que Diego prepara con un ritual de medidas exactas. El café que Valentina escondió en el equipaje de su hijo, para que oliera a casa cuando estuviera lejos. Me siento más segura con Samir y Diego. Con sus madres, sus guisos y rezos.
Feliz día de la madre. Especialmente a quien la tenga lejos.