03/07/2026
 Actualizado a 03/07/2026
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Hace unos días asistí a una jornada sobre salud mental en la que una de las ponencias la daba un psiquiatra italiano perteneciente a la escuela de Trieste, fundada por Franco Basaglia en 1971, cuyas teorías supusieron una revolución en el campo de la psiquiatría. Un cambio de mirada que supuso la ruptura de un enfoque exclusivamente biologicista para incorporar determinantes sociales, relacionales y culturales. Se desmantela en sentido literal el hospital psiquiátrico y con el presupuesto que supone mantener una institución de tal calibre –sin presupuesto, sin dinero, no se hace nada–, se crea un espacio que funciona las veinticuatro horas, plural y abierto a cualquier tema que afecte a la salud mental de la población. Solo unas pocas camas de corta estancia se destinan a situaciones extremas puntuales. El objetivo no es otro que emancipar, empoderar, responsabilizar y posibilitar a las personas. Rotelli, discípulo y sucesor de Basaglia, compara un buen centro de salud mental a un mercado en Marrakech, un caos con un orden complejo en el que suceden muchas cosas (entre ellas presentaciones de libros o exposiciones). Este cambio de paradigma se conoce como la antipsiquiatría.    

Con una población de apenas 200.000 habitantes, Trieste es un oasis en medio del proceloso océano. 

Soy consciente de la desvaloración de la psiquiatría frente a la rama de la medicina que trata las enfermedades del cuerpo, acaso porque ésta última tiene valores cuantificables en los que fijarse; en cambio, cuando vamos al psiquiatra –así me dice un amigo con más de cuarenta años de profesión lidiando con el sufrimiento psíquico– lo único que llegamos a recibir es el nombre de lo que nos pasa, un medicamento qué nos conviene. La psiquiatría es el territorio del trapecista sin red. 

Oigo en mi cabeza su voz relatando sus vivencias en el antiguo manicomio de Leganés que conoció de primera mano. Entre su mucha sabiduría siempre saltea unas briznas de humor, tan necesario, para contar algunas anécdotas que, no por repetidas, son menos celebradas. Mi preferida es la del día que le desapareció el espejo retrovisor y descubrió que una paciente lo sostenía en una mano mientras con la otra se acicala. 

Fueron momentos en los que se leyó la literatura que venía de fuera, se investigó, se hicieron notables innovaciones que aterrizaron en la reforma psiquiátrica de 1985. 

Entre el ayer y el hoy –coinciden el ponente de Trieste y mi amigo– la cuestión de fondo es un buen trato, palabra que no en vano recoge los conceptos de cuidar bien y acordar, convenir, en una relación terapéutica que hace crecer a todos, pacientes y tratantes, estos últimos eternos aprendices, siempre debutantes. 

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