La santa semana es esa en la que vemos el pelo a aquellos que aún no lo tenían. Siempre ha sido triste vivir alejado de personas a las que quieres cerca y esa vida tan natural de unos pocos en un pequeño mundo considerado propio, con bicis y planes tan triviales como extraordinarios. Esta época suele estar copada por el azar, puede ser una pretemporada veraniega de cortos y cielos azules, o una encapotada de sofás y charlas tan reflexivas como significativas para lo que queda por enfrentar. Suelen ser días de respiración profunda, de coger impulso para lo peor, pero lo último. Suelen ser días de alegría instantánea pero de congoja por su fugacidad. Suelen ser esos días en los que se vuelve a calibrar la brújula vital tras meses de turbación. Como si se comenzaran a romper las cadenas y allí al fondo se oteara un tímido y plácido brillo, oculto pero ya visible.
Alegra ver como los sucesores también se dejan llevar por todo lo que sentimos cuando algunos lo fuimos. Esos niños exultantes en la llegada, sonrientes en los reencuentros, en la pasión por cada minuto a exprimir. Ese abatimiento cuando ya quedan pocos, cuando toca el corazón las inevitables despedidas. Esa esperanza nerviosa de llegar al último sufrimiento antes del regreso definitivo. Y tal vez aún lo sigamos siendo aunque los años hayan pasado.
Soy de los que piensa que tendríamos una vida más sana, íntegra y vigorosa si la hiciéramos aquí. Puede que perdiera ese poso especial y excepcional del que le dota la escasez temporal, pero merecería esa pérdida por todo lo que podría suponer hacerse persona con la camaradería exclusiva de un pueblo. Como antaño. Crecer con mayor libertad, valorar al prójimo, expulsar el exceso y aprender el mundo disfrutando de los pormenores. Claro que para ello eres necesario tú, aquel, ese y yo, lo cual ahora mismo parece utópico.
Sin embargo, el hecho de la distancia crea el ansia, de la exigüidad nace el cariño, de las experiencias exclusivas se fortalece la unión, de los recuerdos florece la necesaria melancolía, en definitiva, el pueblo como motivación. Corran, que llega.