Durante siglos nos enseñaron a temer a las brujas.
No a quienes las señalaron, juzgaron y quemaron vivas, sino a ellas.
Nos dijeron que eran peligrosas, oscuras, desviadas. Que traían el mal, el caos, la enfermedad. Y así, convertidas en monstruo, dejaron de ser mujeres. Cuando alguien deja de ser humano, su castigo parece lógico. Incluso necesario.
Hoy las hogueras ya no existen, pero el mecanismo sigue intacto.
A las feministas no nos llaman brujas. Nos llaman progres, feminazis, radicales, histéricas. Cambia la palabra, no la intención: desacreditar para no escuchar. Deshumanizar para no debatir. Señalar para que otras aprendan.
“Feminazi” no es un insulto improvisado. Es una operación simbólica muy precisa: equipara la lucha por los derechos con el totalitarismo, convierte la defensa de la igualdad en una amenaza y desplaza la conversación del fondo a la caricatura. Ya no importa qué se dice, sino quién lo dice. Si es una “feminazi”, no merece respuesta, solo burla o desprecio.
“Progre” funciona de otra manera, pero con el mismo fin. Infantiliza. Ridiculiza. Reduce una postura ética y política a una moda superficial, a un capricho adolescente. No hay pensamiento: hay postureo. No hay crítica: hay ingenuidad. Así se vacía el contenido y se neutraliza el mensaje.
Como entonces, el mensaje no va solo dirigido a quienes alzamos la voz, sino a las que miran desde fuera.
Esto es lo que te puede pasar si hablas demasiado.
Si no sonríes.
Si no agradeces lo que hay.
Si no te adaptas.
Es pedagogía del miedo.
Las brujas no daban miedo por la magia. Daban miedo porque sabían, porque curaban, porque vivían solas, porque no obedecían, porque no pedían permiso. Porque encarnaban la posibilidad de una mujer fuera del control del sistema. Quemar a una era advertir a todas.
Hoy no pueden quemarnos, pero pueden intentar quemar nuestra credibilidad, nuestra reputación, nuestra palabra. Las hogueras son simbólicas: tertulias, columnas, memes, comentarios en redes. Fuego más limpio, dicen. Pero fuego al fin.
Por eso incomoda tanto que una mujer diga “soy feminista” sin justificarse, sin bajar la voz, sin pedir perdón. Porque nombrarse a una misma siempre ha sido un gesto peligroso para el poder.
Quizá por eso ahora algunas recuperamos la palabra bruja y la decimos sin miedo. No como provocación, sino como memoria. Porque cuando dejamos de temer a las brujas, empezamos a mirar de frente a quienes encendieron la hoguera.
Y esa mirada —ayer como hoy— sigue siendo lo verdaderamente subversivo.
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