Félix Cuéllar

Del brindis al «yo primero»: lo que Villamanín nos enseña

09/01/2026
 Actualizado a 09/01/2026
Guardar

En estas navidades, la noticia parecía de guion: a Villamanín le cae El Gordo… y, de repente, la alegría se convierte en tensión. La comisión de fiestas había vendido participaciones y, por un error, 50 papeletas no quedaron respaldadas por los décimos correspondientes. Traducido: había vecinos con papeleta premiada, pero sin ‘décimo real’ detrás, y el agujero rondaba los cuatro millones de euros.

En esa mesa de negociación –literalmente, en el bar del pueblo– aparece el dilema que nos retrata como sociedad: cuando pasa algo grande, ¿pensamos en «mi derecho» o en «nuestro vínculo»? La comisión propuso una salida de comunidad: que cada premiado cediera una parte (se habló de un 10 % en las papeletas) para que nadie se quedara fuera, y que ellos pusieran también todo lo que jugaban, llegando a ceder más de dos millones de euros. La mayoría lo aceptó… pero no todos. Hubo quien exigió cobrar el 100 % y amagó con denunciar o llevar el asunto a juicio.

Y aquí no va de señalar a ‘los malos’ del pueblo. Va de mirarnos al espejo. Porque este patrón se repite en política, en familia y en redes: vivimos con una idea fija. La nuestra. La defendemos como si fuera una bandera, no como si fuera una opinión. Y cuando llega la idea contraria –o la realidad incómoda– no preguntamos, no escuchamos, no matizamos: atacamos o nos encerramos.

Buena parte de esas certezas vienen de lejos: de cómo nos criaron, de lo que se decía en casa, de la cultura del barrio, de la religión o de la ideología. Tener convicciones es sano; convertirlas en verdad absoluta es lo que rompe el diálogo.

Con el dinero, además, aparecen los prejuicios rápidos: «si tiene más, será egoísta»; «si tiene menos, será más auténtico». Pero la vida no funciona por etiquetas. Hay generosidad y mezquindad en todas las cuentas corrientes. Lo que cambia de verdad es el miedo: miedo a perder, a que te engañen, a quedar como tonto, a que el otro se aproveche. Y ese miedo, cuando manda, seca la empatía.

También pasa lo contrario: cuando alguien prospera, a veces se distancia; y cuando alguien se queda atrás, a veces se protege con orgullo o resentimiento. Se rompen amistades no por maldad, sino por falta de conversación honesta. En Villamanín, el problema no fue solo un talonario perdido: fue lo rápido que cuesta ponerse, aunque sea un minuto, en la piel del otro.

Quizá el aprendizaje sea sencillo y difícil a la vez: en una comunidad –y un país lo es– no se trata de renunciar siempre, pero sí de recordar que la justicia sin humanidad se vuelve fría, y la humanidad sin reglas se vuelve caos. Entre el «tengo derecho» y el «somos vecinos» hay un punto medio: responsabilidad compartida. 

Al final, el dinero va y viene. Lo que cuesta años construir –y se puede romper en un día– es la relación entre vecinos: la confianza, el respeto y la sensación de «aquí nos cuidamos». Y eso, en un pueblo, vale más de lo que parece.

Lo más leído