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Bonito verano nos está quedando

27/07/2026
 Actualizado a 27/07/2026
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Hicieron bien los que mostraron algo parecido al éxtasis por la victoria de España en el Mundial de fútbol. Hay que agarrarse al éxtasis mientras se pueda. Nada que objetar, en efecto, a tan sabia lección de fútbol, aunque el Mundial, por lo que se refiere a bastantes arbitrajes y a otras presuntas arbitrariedades (aquella tarjeta roja retirada, pongamos) no haya sido precisamente para tirar cohetes. El Mundial ha sido masivo, brutal, como corresponde al carácter colosal que Estados Unidos suele imprimir a sus cosas (la burra grande, ande o no ande, ya saben), aunque aquí estaba también México y Canadá, algo que tiende a obviarse. Trump tuvo su Mundial, sin llegar quizás a saber muy bien qué sea eso de soccer. En fin.

Proclamarse campeón del mundo mundial te da un subidón, seguro, sobre todo cuando pienso en aquella infancia en la que ganábamos tan poco (aunque también estuvo lo de Malta, es verdad). Yo tardé mucho en tener tele y veía las derrotas y sufría las insatisfacciones mundialistas en las de los vecinos. Nos consolábamos con un bocadillo de chocolate y una naranja. Se olvidaba pronto. Íbamos de derrota en derrota, hasta la derrota final, lo mismo que ahora vamos de victoria en victoria, a tope de euforia.

Y me parece bien, porque dicen que estas cosas levantan la moral de un pueblo y en este plan. Será cierto. Ahora bajará el suflé, porque la Liga es otra liga, valga la redundancia. Y aquí en León ya estamos otra vez en el fútbol pequeño y de cercanías. Una lástima. Un dejarse caer. Pero llegará agosto y el personal se agarrará a lo que sea, porque, como leí en alguna parte, nos vemos obligados a pasar del éxtasis del futbol al apocalipsis del fuego, como ya sucedió también el último verano. Por eso digo que es bueno celebrar las victorias, cuando las hay, aunque sea en el fútbol, porque vivimos un tiempo agónico en el que la realidad no ofrece tregua, mires hacia donde mires. El estrés es la norma. La sociedad contemporánea se ve abocada a un carrusel de urgencias, de alarmas, de desastres, de decepciones. Estas decepciones hacen que muchos se apunten con alegría a las ideas más peregrinas, aunque vayan en contra de los planteamientos científicos. La ideología quiere derrotar a la ciencia. Lo emocional sustituye a lo real para llenar todos los huecos del miedo y de la frustración.

Y en esas estamos. Bonito verano nos está quedando. Una vez más, o sea. Porque la clave de lo que nos pasa está justo en esas palabras: “una vez más”. La clave está en lo repetitivo, en lo sistemático. En la reiteración del mal. Y en la aparente incapacidad de al menos una parte de la población para actuar de otra manera, para decidir de otra manera, para obrar de otra manera. Porque, como dice el dicho, si quieres resultados diferentes, quizás tienes que hacer cosas diferentes. En esas estamos. Sufrimos los males de Trump, el farsante del mundo occidental, que diría Synge, estirando la guerra en Ormuz como la mantequilla y esperando que le sea concedido un tercer mandato, nadie sabe bien por qué y para qué (como no sea para persistir en el daño al mundo). Y no es un mal alejado, que ni nos va ni nos viene, sino todo lo contrario. La Historia nos atañe y nos toca. Nadie está en una burbuja. Todo está interconectado, y no sólo mediante la manguera de la gasolinera, como pretenden algunos. Es la economía, estúpido. Pero es también la destrucción, la injusticia, el perfume de la muerte. Como decían ayer desde la guerra de Sudán, en el asedio de El Obeid, a los corresponsales de ‘El País’: “estamos cansados de la muerte”. Qué gran frase. Qué frase terrible que habla tanto de este tiempo atroz: “estamos cansados de la muerte”. Es el cansancio del gran mal que viene impuesto, de lo que los desfavorecidos no pueden detener. Ni siquiera es la muerte, sino el cansancio de la guerra. El hartazgo diario. La costumbre del mal.

Así que en esas estamos. Enfrascados en el debate polarizador, en el carnaval de los insultos y los exabruptos que no van a solucionar nunca nada en ninguna parte. Aunque habrá a alguien que le den un efímero placer. Un gustillo semántico. El lenguaje de la política, o pseudolenguaje de la política, se impone a los hechos y a las acciones. Lo borra todo. Lo sustituye todo. Reaccionamos al lenguaje, no a los problemas. Todo se ha convertido en un toma y daca de sintagmas que no nos servirá para nada.

La política no puede convertirse en una maraña de lenguaje enfermizo que busca atraparnos en nuestro desconcierto. El populismo quiere que el lenguaje emocional capture las mentes de los ciudadanos y moldee su pensamiento desde la simpleza. Lo simple en política no suele funcionar. Lo maniqueo es siempre inútil y peligroso. La falta de matices es una derrota asegurada de la razón. Ciencia y modernidad. Siempre. Ciencia y modernidad. Esto es lo que debe dirigir nuestros actos y nuestros pensamientos. La democracia es complejidad y elaboración. Ojo con los políticos de dos tardes. Estamos asistiendo ahora a una redefinición de los liderazgos y si algo debe hacer Europa es alejarse de Trump y sus modelos. Ojo con los mesías y los salvadores no solicitados, siempre tan dispuestos.

La política se mantiene en sus pantallas porque los incendios se han convertido también en territorio para el enfrentamiento. Mientras el mundo permanece estrangulado por políticas erráticas y procedimientos kafkianos, como los aranceles de Trump, mientras se sostienen guerras insostenibles, la península asiste a los apocalipsis habituales de los últimos veranos. Llegamos con el subidón del fútbol, con la victoria del Mundial, con ese sentimiento de orgullo patrio que recorre las calles, pero lo cierto es que el orgullo patrio ha de ir mucho más allá del fútbol. No niego la política, porque es necesaria, pero no puede limitarse a los encontronazos del lenguaje. Los ciudadanos no deberían apartarse de las cosas que nos han traído hasta aquí. No deberían apartarse del pensamiento crítico, de la razón, del análisis concienzudo y de lo que lo ciencia señala como certero.

Lo que sucede con el cambio climático no es una cuestión de opinión, lo diga Agamenón o su porquero. No puedes opinar sobre la órbita de los planetas. Ni sobre la redondez de la Tierra, ya puestos. No siempre se puede concluir con esa coletilla famosa, aunque lo creas: “es mi opinión y tengo derecho a expresarla”. No. Es necesario que la información científica sobre el calentamiento global alimente las decisiones de los políticos, que no todo se decida en las ciudades, a veces de espaldas al campo, que se tenga en cuenta lo que la despoblación y el gran envejecimiento de la España interior hayan podido contribuir al progresivo olvido del mundo rural, y a sus consecuencias. Todo eso es cierto. Los debates inanes, la confrontación palabrera, no van a solucionar nada. No podemos caer en una política performativa, dirigida al entorno mediático y, sobre todo, a la masa electoral, muy agresiva en el lenguaje, catalizadora de frustraciones, pero poco operativa a la hora de abordar los verdaderos asuntos que nos ocupan.

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