04/01/2026
 Actualizado a 04/01/2026
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En León hay una odisea que está por contar aunque a su cierre se reunieron los elogios, pero seguramente lo bello eran las locuras; las de Jota que subía a ver Cristal con el planillo en la cabeza; la de Isaac Toribio, que antes de llegar a director general de Fenosa no sabía que se dormía cada día y echaba sangre por los ojos; la de Lolo que pedía temas para ‘el chiste’ y nunca la hacía de lo que le decían «estos mataos»; la de Luis Eduardo ‘Portabales’, que financiaba viajes a Cuba con lo que llevaba y lo que traía; la de Uribe, que solo metió un gol en no sé cuántos años de partidos de fútbol sala porque Josú tiró desviado, le dio de rebote porque Uri no la vio llegar y entró en la portería, y gritó: «Al fin, se me estaba negando el gol»... Por cierto Josu, futura mano derecha de Amilivia, dejó al borde del KO a varios rivales, no se sabe si porque venía del mismo Bilbao oporque era de Calaveras, de Abajo, creo... Pues con estas mimbres y otras se sacó adelante, hace 40 años, un periódico que muchos añoran, aquella vieja La Crónica y aquellos locos cacharros. 

Podría seguir, pero se me acabaría el espacio y quería hablaros de Boni, que se nos ha ido. Había dos parejas de hermanos, los gemelos Celso y la sombra –siempre iban juntos pero uno delante y otro detrás, sin hablar–, y los Arias, que eran tres: Boni, El Punki y Esterina, que diría Lolo. Ninguno de cara al público, ninguno en el ‘papel con cara’ –que decía Boni– pero imprescindibles. El Punki, que la burlaba al fútbol con maestría se perdió en una lesión grave, y era el que ponía la gracia entre ‘los carboneros’ (taller); Esterina, teclista con Carmen y Marga, toreaba las crónicas de aquellos corresponsales para enmarcar, del maestro Perelétegui y su lenguaje taurino –«me has dicho flámula, ¿de dónde sacas eso?» y Boni, que decía él que era mediopensionista, pues hacía horas en el periódico pero trabajaba en más cosas, lograba la cuadratura del círculo al ser el más cachondo y el más serio a la vez, saltaba de la broma a la sensatez con una frase que no admitía réplica: «Vamos a ponernos serios» y te embaucaba en su tarea, «en el módulo que ahora me trae ‘el llaverín’, que era como llamaba cariñosamente al jefe de publicidad, que no era muy alto. 

Y entraba en modo serio con un cigarro –puta desgracia– y la mirada paternal sobre los Arias, sobre los Niños (para él no era El Punki)  y una frase para crear buen ambiente sobre todos los que pasábamos por su despacho. «Soy capaz de entender hasta a Pery», ironizaba ante los complejos galimatías publicitarios que le pedía el inolvidable de Coyanza.

Y con esa mirada luchó años... hasta el último día del año. 

Lo cuento así, distendido, porque así lo quería Boni. 

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