Imagen Juan María García Campal

Bolsa. Manual de uso

12/10/2016
 Actualizado a 17/09/2019
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Hoy, por más que me encuentre desde el pasado viernes montaraz y lobero, vamos, tirado al monte, voy a escribir urbanita. Hoy quiero sumarme a la encomiable campaña de ‘MásQPerros’ que, llamada ‘Caquítala’, pretende concienciar al vecindario irresponsable que no recoge los excrementos de sus perros a que se sume al uso de la bolsa. Teniendo por bueno como cada día en mí ir y venir por las calles de la ciudad, veo crecer el número de vecinos que tenemos animales domésticos como mascota o animal de compañía; también constato cómo no lo es tanto cuando algún humano –presunto racional– hace mal uso de lo común y abandona aquí y allá esa especie de hongos no comestibles llamados «caca de perro» (de su perro) que, sin necesidad de ingesta, por simple pisada, produce diferentes erupciones de cante y blasfemia. De ahí que sienta preciso sumarme a la campaña con este repetido manual de uso de la bolsa.

Persona y perro, perro y persona, deben formar un equipo si no queremos que el can y su disfrute sea molestia para el resto de la vecindad, tenga o no perro, y casi más para el que sí lo tiene y pasa por responsable de la dejadez de algunas, digamos, personas despistadas. ¿Quién no tiene bolsas de plástico en su vivienda si haberlas haylas de vario tipo? De todo día, de corte inglés, de alimentos mercar, de las que el mercado dona, reutilizables en todo continente y más y más. Pues bien, colóquela junto a la correa de su perro y llévesela con usted cuando lo saque a pasear. Deje a su perro olisquear hasta que encuentre el lugar que le motive y elija para su saludable evacuación. No le mire durante el proceso. Tampoco hay que recordarle a nadie, y menos a él, sus miserias. Desenfunde el arma de limpieza, la bolsa. Imagínese un amplio guante. Introduzca su mano –izquierda si es diestro, diestra si es zurdo– suavemente en ella, hasta el fondo, facilitará la recogida el abarcamiento de la caca de su perro. Y ahora que la tiene asida y a poca altura del suelo, a la vez que comprueba que se no se olvida, o escapa nada, tire con la otra mano de cada una de las asas de la bolsa hacia fuera. ¡Gualá! ¡Ya está! Acérquese y deposítela, contento de su civilidad, en la papelera o contenedor verde oscuro más cercano.

Además, así igual cunde el ejemplo y la justicia comienza a embolsar en férreas villas a tanto pulcro excremento como se le planta cada día en la nacional audiencia una vez se ha descubierto como enmierdaban –discúlpeseme la malsonancia– todo cuanto de público tocaban.

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