Persona y perro, perro y persona, deben formar un equipo si no queremos que el can y su disfrute sea molestia para el resto de la vecindad, tenga o no perro, y casi más para el que sí lo tiene y pasa por responsable de la dejadez de algunas, digamos, personas despistadas. ¿Quién no tiene bolsas de plástico en su vivienda si haberlas haylas de vario tipo? De todo día, de corte inglés, de alimentos mercar, de las que el mercado dona, reutilizables en todo continente y más y más. Pues bien, colóquela junto a la correa de su perro y llévesela con usted cuando lo saque a pasear. Deje a su perro olisquear hasta que encuentre el lugar que le motive y elija para su saludable evacuación. No le mire durante el proceso. Tampoco hay que recordarle a nadie, y menos a él, sus miserias. Desenfunde el arma de limpieza, la bolsa. Imagínese un amplio guante. Introduzca su mano –izquierda si es diestro, diestra si es zurdo– suavemente en ella, hasta el fondo, facilitará la recogida el abarcamiento de la caca de su perro. Y ahora que la tiene asida y a poca altura del suelo, a la vez que comprueba que se no se olvida, o escapa nada, tire con la otra mano de cada una de las asas de la bolsa hacia fuera. ¡Gualá! ¡Ya está! Acérquese y deposítela, contento de su civilidad, en la papelera o contenedor verde oscuro más cercano.
Además, así igual cunde el ejemplo y la justicia comienza a embolsar en férreas villas a tanto pulcro excremento como se le planta cada día en la nacional audiencia una vez se ha descubierto como enmierdaban –discúlpeseme la malsonancia– todo cuanto de público tocaban.
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