El calor ha impedido la celebración completa de los 250 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, tal que este pasado sábado. Ha habido actos y eventos por todos lados, por supuesto, porque si algo tiene esta sociedad de los USA es un profundo sentido del espectáculo de masas. Y no digamos su presidente actual. Todo un experto vendiendo performances (y vendiendo humo, dicen algunos).
Pero la ocasión lo merecía, coincidiendo además con el Mundial de fútbol, que, en gran medida, ha sido organizado por ese mismo país (junto a Canada y México). En Philadelphia, ciudad emblemática en la Declaración de Independencia (se firmó allí en 1776), se ofreció un espectáculo antes del partido previsto, y el resto corrió a cargo de Trump en Washington. El día antes se había acercado al Monte Rushmore, donde se homenajea en roca a cuatro presidentes emblemáticos. Si Trump ya había fabulado, entre bromas y veras, con ser papa y ser rey, y lo que hiciera falta, parece que también en esta ocasión ha manifestado su deseo de que su cara de granito forme parte de este conjunto monumental. Para que nadie pueda olvidarlo.
Me temo que, sin necesidad de ver tallada su cara en la dura roca de Rushmore, gran parte de sus conciudadanos, y de todo el planeta, no se olvidarán fácilmente de Trump. Otra cosa será cómo se le recuerde: no será para bien, creo. Aficionado a poner su nombre en todas partes, sean torres, hoteles, aviones o decretos, Trump ha capitalizado parte de estos fastos por los 250 años de los Estados Unidos, como por otra parte parecía inevitable, pues nadie como él conoce los secretos de la publicidad y el autobombo.
Paradójicamente, el país homenajea y canta la libertad en el peor momento posible de su corta historia. Nunca estuvo tan en peligro la libertad en los USA tal y como la conocemos (no hay más que ver la actividad del ICE contra los inmigrantes, algo que ha derivado en una grave crisis social y en una imagen global muy poco compatible con la concordia y el apoyo de los débiles). Nunca se ejerció el autoritarismo desde un gobierno como sucede ahora, ni tampoco se llegó tan lejos, por más que en el pasado haya esos momentos poco ejemplares, en el terreno de la manipulación y la división.
Las acciones de gobierno de Trump y su discurso, a menudo disparatado, errático e injustificable, han logrado sumir a la sociedad estadounidense en una grave crisis, hasta el punto de dividirla casi al cincuenta por ciento. Hasta el punto, según algunos especialistas, de poner en peligro la democracia. No es un asunto menor, que diría nuestro Mariano, sino un asunto mayor. Trump habló del sueño americano, una expresión que ya parece más bien un mito, pero la monotonía de su discurso, anclado en sus afirmaciones habituales, tan poco creíbles, tan repetidas como gastadas, invitaban precisamente a eso: al sueño. Trump se parece un poco a ese Rip Van Winkle que se despierta veinte años después de dormirse y no entiende absolutamente nada del mundo. Con él, en USA han viajado del sueño americano a la pesadilla: así podría resumirse lo que ha sucedido. No sorprende que Trump se preocupe por las elecciones de noviembre y aluda, sin muchos disimulos, a la necesidad de modificar los modos de votación.
En un artículo publicado hace unos pocos días en el New York Times por el conocido columnista David Wallace-Wells, se lee: «Dieciocho meses más tarde, podemos decir que el primer giro [hacia Trump y Maga] fue real, pero ha sido seguido por otro, en dirección contraria, con el segundo mandato de Trump yendo de mal en peor, y su Gobierno volviendo a parecerse a la misma, y tan destructiva como siempre, caquistocracia [es decir, el gobierno de los peores]. Pero otra manera de ver el caos de la segunda era de Maga reside en la consideración de que quizás todo esto fue, desde el principio, una ilusión, creada conjuntamente por Republicanos que se engrandecen a sí mismos y liberales que se flagelan a sí mismos. No hemos alcanzado todavía las elecciones de medio mandato y la perspectiva de una mayoría consolidada de los Maga no parece la senda natural que vaya a recorrer Estados Unidos en el futuro. Se parece más bien a una proyección del pasado más reciente, que ya se desvanece». Wallace-Wells continúa explicando las razones del desapego de los votantes hacia Trump, con una gran caída de los apoyos, el ascenso de los Demócratas (tras un largo sueño y no poca inacción, añadiría yo), que podrían ganar el control del Senado, y, por supuesto, el fracaso de la impopular guerra contra Irán.
Aunque escrito antes de las celebraciones del 250 aniversario de este fin de semana, el artículo de David Wallace-Wells incide en que Trump ha despilfarrado su ventaja, precisamente por sus acciones poco explicables. Su apoyo entre los votantes jóvenes ha podido caer en más de 50 puntos en este momento. No ya por la remodelación de la Casa Blanca (¡el salón de baile!), no ya por su aventurerismo y notable caos en política internacional, no ya por las críticas poco razonables a una Europa que le rompe los esquemas, no ya por los aranceles, esas armas del poder propias de la economía aprendida en dos tardes, con la inflación resultante, no ya por el evento de lucha de artes marciales mixtas (UFC) en los jardines del poder (al tiempo que los motoristas pasaban volando de un lado a otro de los parterres), no ya por la violencia y la agresividad mostrada contra los inmigrantes y los menos favorecidos, arrastrando la imagen del país en el contexto global, no ya por esto o aquello, sino por la suma de este gran sindiós político que no se puede comparar prácticamente con ninguna cosa.
Todo esto podría explicar este intento de Trump de convertir los actos del 250 aniversario en una especie de autohomenaje, en otro mitin de propaganda populista, como por otra parte suele hacer. Bajo un calor infernal, aquí y allí, parece que no se le ocurrió hablar de los peligros del cambio climático para el futuro inmediato de este planeta. Es un problema que él contribuye a agravar con sus políticas, aunque algunos sigan tercamente su ideología negacionista (desgraciadamente este es un asunto global que, con los temores derivados del crecimiento ultra, hasta Europa parece haber dejado últimamente en segundo plano. Se diría que hay más preocupación por los centros de control de inmigración en terceros países).
Mientras la guerra se hacía presente en las alocuciones de aniversario (muchos aviones y muchas banderas siempre ayudan a envolver discursos), una mujer se casaba en el Madison Square Garden y robaba toda la atención. No fue aquello de Marilyn y DiMaggio (yo siempre preferí a Arthur Miller), pero quedó una boda muy sportiva, entre jugador de fútbol americano y reina (o así) de la música: Taylor Swift. Novia de América, supongo, en su nueva edición. La boda (que valía por cuatro, con Hugh Grant de invitado) fue un secreto a voces. Colgaron el cartel de ‘Recién casados’. Y el Mundial sigue. Con sus palcos desbordados de celebridades, ay. Pero con un canto a la diversidad, a los países africanos, a los latinos… No sé si Trump llevará esta diversidad muy bien. Pero, en fin, algo es algo.