29/01/2026
 Actualizado a 29/01/2026
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La nieve, cree uno, es como los Reyes Magos o como San Nicolás de Bari (el Papá Noel original): sólo gusta a los niños; para el resto del personal es, mayormente, un engorro de aúpa; mucho más si tienes la desgracia de conducir el coche para ir al trabajo, para ganarte la vida... Uno cree que la nieve tiene que estar en las cumbres de nuestras montañas, donde debe tener su hábitat más natural, su espacio; a los de la ribera, y más en León, nunca molestó demasiado; hablo, ¡claro!, de la época de nuestros padres y de nuestros abuelos, que no tenían ninguna necesidad de moverse de su pueblo, porque, en él, tenían todo lo que necesitaban.

Ahora, por desgracia, incluso los que vivimos en los ‘gachis’, tenemos que coger el coche para ir a trabajar a la capital, para acercarnos a Boñar o al Puente Villarente a comprar en los súper que todavía quedan o para ir al médico. Conducir sobre la nieve (uno sabe de lo que habla porque tuvo la desgracia que hacerlo muchas veces), es una lotería, una partida de dados que están marcados: dependes de tu sapiencia al volante, pero también de la de los demás coches que te puedas encontrar en la carretera; a la mínima, te ves en la cuneta o haciendo un trompo en medio de esta.ç

Menos mal que ya no nieva lo que nevaba hace, por ejemplo, cuarenta años o así. Recuerdo cuando estaba de patrona en casa de la señora Dominga, calle Ave María número dos. El 8 de enero del año 77 cayó una nevada del copón de la baraja. Empezó a nevar a las seis de la tarde de un jueves y no paró hasta la una de la tarde del viernes. Yo, responsable donde los haya, intenté ir a clase. Al salir a la calle habría (no exagero) medio metro en la acera. Al llegar a la calle de los Cubos (diez metros de distancia), ya iba calado hasta los calzoncillos. Vi venir a un fulano, de la parte de la cuesta de la Catedral, que hacía eses: tenía una trompa más grande que la de un mamut; al llegar a mi altura, sin más, se puso a gritar una frase que no se olvidará mientras viva: «Así, así, sigue nevando, que entre el cielo y la tierra no quepa un papel de fumar». Al decirla se cayó, intentó levantarse una vez, dos, tres..., y lo consiguió, siguiendo su camino. Yo, dejando todo el resuello, logré llegar al bar León, en el principio de la calle Ancha, lugar de encuentro de los de mi pueblo en la capital: no había ni dios en el local. El bueno de Juanjo, un santo para todos nosotros, me hizo un café con leche y me dijo que tranquilo, que alguien llegaría. Lo hizo Soco, que vivía enfrente del bar, y se me alegró el día..., aunque, la verdad era que había poco que celebrar.

A mis cuatro lectores, les aconsejo encarecidamente que lean Moby Dick de Herman Melville, un clásico imperecedero, o por lo menos tendría que serlo. Para lo que nos incumbe, y bien pensado, no os hace falta leerlo entero, aunque deberíais; me arreglo conque leáis el capítulo 41, ‘La Ballena Blanca’. Melville nos cuenta por qué odia el color blanco, representado por la ballena que persigue, que para él es la encarnación del mal. El blanco del cetáceo es la constancia de las fuerzas incontrolables de la naturaleza y el destino. Hasta el siglo XV, el blanco, además, en nuestra cultura, heredera de la romana, era el color del luto; todavía hoy lo es en Japón, en China y en la India.

A uno, como habéis adivinado, el color blanco, el de la nieve, no le mola nada de nada. Siempre he preferido los colores alegres del arco iris, de la naturaleza: el amarillo, el rojo, el verde, incluso el negro, o sea, la ausencia de color. La nieve, el blanco de la nieve, me da miedo, me encoge, me da una sensación de vacío incontrolable, de pena inenarrable. Vuelvo otra vez al principio, a lo de que la nieve solo es motivo de fiesta para los pequeños de la casa. Ver a mis nietos hozar como osos entre ella es, sin duda, un motivo de alegría. Lo hacen porque es un suceso extraordinario que ocurre, como mucho, una o dos veces al año, cuando la naturaleza se toma un descanso en su ajetreada vida para volver con toda la fuerza de la que sólo ella es capaz en la primavera, cuándo la vida vuelve a latir de una manera incontrolada, llena de sorpresas y de belleza.

Salud y anarquía.

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