Hay un momento muy reconocible en casi cualquier debate sobre desigualdad. Cuando los datos incomodan, cuando la experiencia se repite demasiado, cuando ya no basta con decir «eso son casos aislados», aparece una palabra que lo explica todo y no exige cambiar nada: biología.
«Estamos hechos así». «Es natural». «Siempre ha sido así». «Hombres y mujeres somos diferentes».
La frase suele sonar razonable, incluso conciliadora. El problema es que, casi siempre, no explica nada. Solo clausura la conversación.
Confundir biología con costumbre es uno de los errores más persistentes –y más útiles– del discurso desigualitario. Porque la biología describe cuerpos; lo que hace la sociedad es asignarles destinos. Y ahí ya no hablamos de naturaleza, sino de normas, expectativas y aprendizaje.
No hay nada biológico en que las mujeres asuman mayoritariamente la carga mental del hogar.
No hay nada genético en que sean ellas quienes reduzcan jornada para cuidar.
No hay una hormona que explique por qué se espera que estén disponibles emocionalmente para sostener vínculos, conflictos y cuidados.
Eso no es biología: es socialización.
La prueba es sencilla: si fuera «natural», no necesitaría tanta vigilancia, tanta corrección ni tanta presión social. No harían falta frases como «eso no es de hombres» o «una buena madre hace esto». Lo que es biológico sucede sin castigo; lo que se impone, necesita recordatorios constantes.
El argumento biológico suele aparecer, además, cuando se cuestiona el reparto desigual del esfuerzo emocional. Se dice entonces que las mujeres «son más cuidadoras» o que los hombres «son menos expresivos». Pero la psicología lleva décadas mostrando que esas diferencias no son innatas, sino aprendidas. A los niños se les desalienta el llanto; a las niñas, la rabia. A unos se les premia la autonomía; a otras, la entrega. Luego, de adultos, se presenta el resultado como destino.
Hay algo más: apelar a la biología tiene una función muy concreta. Desresponsabiliza. Si las cosas son así por naturaleza, nadie tiene que revisarse, nadie tiene que ceder espacio, nadie tiene que aprender nada nuevo. El reparto desigual se convierte en un hecho inevitable, no en una elección colectiva.
Por eso este argumento suele ir acompañado de otro: «No se trata de igualdad, sino de complementariedad». Una palabra amable que, en la práctica, ha servido demasiadas veces para justificar que una parte sostenga más y la otra decida más. La complementariedad no es un problema cuando es libre; lo es cuando viene asignada de serie. Cuestionar esto no es negar las diferencias entre personas. Es preguntar algo mucho más simple y más incómodo: por qué esas diferencias siempre pesan en la misma dirección. Por qué lo «natural» acaba coincidiendo tan a menudo con lo que beneficia al mismo lado.
El feminismo no niega la biología. Lo que niega es que se use como coartada para no revisar estructuras injustas. No propone borrar diferencias, sino impedir que se conviertan en jerarquías. No dice que seamos iguales en todo; dice que ninguna diferencia debería justificar una vida más estrecha.
Quizá por eso molesta tanto. Porque obliga a distinguir entre lo que somos y lo que nos enseñaron a ser. Y esa distinción, aunque incomode, es el primer paso para cambiar algo.
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