El último ejemplo significativo del empleo del Big Data nos lo ha regalado el fútbol. No me refiero al fuera de juego en el que varios clubes han querido dejar a la UEFA con la creación de una Superliga europea, sino a su utilización por parte de algunos jugadores a la hora de negociar unas renovaciones ventajosas para sus intereses. Esto pasa por contratar a una empresa especializada en la obtención y tratamiento de datos para que tras aplicar ciertos algoritmos extraiga unas estadísticas, que determinen la incidencia positiva de dicho jugador tanto en el terreno de juego como fuera de él con conceptos como ingresos indirectos, mejora de la imagen del club, etc. Los porcentajes y conclusiones obtenidas van mucho más allá de datos tan simplistas como el número de goles conseguidos, la cantidad de minutos jugados o los kilómetros recorridos durante una temporada. Eso sí, esta arma empleada por algunos jugadores también se les puede volver en contra cuando sean los clubes quienes utilicen el Big Data precisamente para ofrecer renovaciones a la baja. Huelga decir que lo importante cuando hablamos de Big Data es la calidad y veracidad de los datos empleados, por lo que el problema que nos podemos encontrar es toparnos con resultados muy dispares en el estudio de un mismo caso. Pero esta cuestión es merecedora de otra columna.
Se estarán preguntando si tengo un objetivo oculto en compartir el ejemplo de la utilización del Big Data a la hora de negociar contratos deportivos. Pues sí, efectivamente lo tengo y no me ruborizo por ello. Mientras leía esa información, la primera idea que vino a mi mente calenturienta fue lo interesante que sería para el interés general aplicar el Big Data para determinar con datos concretos, la influencia positiva y negativa de nuestros políticos durante su desempeño público. Esto nos permitiría conocer realmente cuáles de ellos se merecerían ser renovados en las urnas y cuáles deberían dedicarse a otros menesteres de no tan vital importancia. El Big Data aplicado a la política permitiría desenmascarar a los jugadores mediocres que ocultan sus deficiencias y nula visión de juego con campañas de marketing impulsadas desde despachos ocupados por gurús maquilladores de la realidad. Los datos aportarían una radiografía exacta de los que deberían jugar pensando en el equipo y sólo lo hacen para su propio interés o para sus afines. Sería muy interesante la utilización del Big Data para examinar minuciosamente la labor desempeñada por unos servidores públicos a los que cada equis tiempo hay que renovarles o no el contrato. Esto nos permitiría aislarnos del ruido ideológico y propagandístico y así tener información veraz sobre la incidencia de cada uno de nuestros políticos en el presente y futuro del país.
Eso sí, no pequemos de ingenuos y pensemos que van a permitir ser analizados por sus hechos y por la influencia real y constatada de sus decisiones en la vida de las sociedades para las que deberían gobernar. Aunque pensándolo bien, quizás emplear el Big Data en política nos lleve a un callejón sin salida, al encontrarnos con unos resultados que recomienden la no renovación de los contratos temporales de la mayoría de los protagonistas del juego de la política y no tengamos el número de jugadores mínimo para jugar el partido.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.