Espero que el cansancio no nos derrote, porque hay que ver lo que estamos obligados a pelear los bercianos para exigir lo nuestro. O, al menos, para que nos miren. Y que nos miren viéndonos, no de soslayo. A los ojos, como quien quiere entender. Sin excusas y con intención, no con ese mirar aparente que sirve de capote político y de cebo para pescar votos.
Con la mirada de quien entiende que somos algo distinto. Como cuando se concibió la idea de comarca, algo singular que no late más que en El Bierzo. Y no es por ser territorio orgulloso por encima de sí mismo. Es porque es peculiar y eso enraíza. Se ve, si se quiere mirar. Pero qué poco se nos mira...
De ahí que tengamos que llevar siempre cargada la pistola de la denuncia, para disparar cuando esos ojos se cierran a una realidad que, sin ellos, se convierte en un invisible en extinción.
No nos ven al abrir las puertas del colegio. Septiembre de algarabía. Los peques de Santalla se preparan para ir a clase. Pero su número no da para que tengan aula. Forman parte de un CRA y en otro sitio encontrarán quien les tutele. Pero su pueblo cierra el ojo que quería verles crecer.
Ya no huele a cuadernos en Santalla. Descanse en paz su escuela.
Es el tributo a la «agrupación»: primero de aulas, de lugares, de cursos... El caso es conseguir una suma que sea aceptable del lado de la cartera. Sea como sea. A ojo ciego de renglón rural.
Qué más da que El Bierzo sea deudor de un pasado enmarcado en la tierra y el carbón. La España vaciada no es un concepto contra el que ir, no. Dicen que sí con la boca quienes tienen la mirada puesta en una urna, pero, a ojo guiñado, dejan ver que la intención es vaciar sin forzar.
Obligación 2.0. Te vas de tu pueblo por voluntad propia, nadie te echa. Aunque sin consultorio, sin colegio, sin caja de ahorros y sin gente, igual ese «sin» no es precisamente empujar.
Y mientras se maneja el discurso de la vuelta a amasar la tierra, de poner la mirada futura en el campo, el ojo seco se acuna en ese vaciado que apellida a los proyectos que no se quieren ver. Septiembre de algarabía en Valladolid.
En El Bierzo comienza el cole disparando a los ojos de quien no nos ve balas de consciencia. Vega de Espinareda se suma un tanto: no se unificarán sus aulas. Esquiva el problema desde el borde de la barandilla. Pero sabe que, en cuanto se despiste, ese ojo que se revuelve dentro de su cuenca va a dejar caer una sentencia final. Y será otro paso que se dé, sin mirar o, peor aún, sin querer ver.
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