Corrían los primeros días de enero cuando Ponferrada supo que un viejo conocido de exquisito trato de balón estaba a punto de llegar a su querida Deportiva. La noticia desató de inmediato un revuelo entre los aficionados, que comenzaron a prepararse para su desembarco como si de un acontecimiento extraordinario se tratara, deseosos de que el esmoquin con el que se expresa sobre el césped siguiera impoluto y dispuesto a ser ensuciado con el barro de la Primera Federación. Sin embargo, un runrún flotaba en el ambiente: la duda de si realmente seguía capacitado para fluir en una contienda muy delicada. ¿Aquel artista con bagaje en el fútbol profesional exhibiría su talento con la misma naturalidad y frecuencia en escenarios menos deslumbrantes?
Despejando cualquier incógnita, y con una mentalidad que bien podría haber servido de lección a la candidata del PSOE en Andalucía, Erik Morán hizo acto de presencia, se calzó las katiuskas y proclamó ante el respetable su voluntad de arrimar el hombro sin que se le cayeran los anillos. La Ponferradina incorporaba así a un fino estilista que no tardó en cautivar a la grada y en alzar el techo del equipo algún metro más. Eso sí, cuando todas sus virtudes desbordaban por el césped, tuvo que alejarse del lienzo por un par de meses, dejando huérfano a ese centro del campo que tanto tiempo lo había estado esperando.
Desde entonces, el entrenador se vio obligado a hacer unos malabares a los que pronto se sumó la dirección deportiva esbozando un plan de emergencia con el Aston Martin de los centrocampistas, un Mfulu inmerso en una puesta a punto gripada y eterna. Sea como sea, ese equipo falto de un virtuoso seguía tachando las semanas en el calendario erguido y sin rasguños, con una fortaleza envidiable. Esquerdo, la figura más parecida, fue sumándose a la causa tras una prolongada lesión; Frimpong pasó de ser un recurso a un discurso; y los parches puntuales empleados por Nafti, como Vlad o Borja Valle en la sala de máquinas, también cumplieron con nota. Eso sí, sin poder replicar aquella majestuosa función de Lugo con Erik Morán vestido de Louis Vuitton que quedó grabada en la retina.
Llegado abril, la Deportiva se ha sobrepuesto a las adversidades que amenazaron incluso su supervivencia y afronta la recta final dispuesta a seguir batallando contra la nobleza. Y con Erik de regreso, listo para retomarlo donde lo dejó. Porque en él reside esa posibilidad de subir el siguiente escalón gracias a la templanza y calidad que puede sumar al espíritu combativo ya instaurado en el ADN. Con un socio que habla su idioma, quién sabe si la mayor debilidad puede convertirse en la más grande de las fortalezas cuando la pelota quema. El escenario está preparado. Y el protagonista, sacando del armario el esmoquin. Solo queda confiar en que el final no sea un gatillazo como la película de Berlanga. Bienvenido de vuelta, Míster Morán.