Sin darme apenas cuenta, ya han pasado dos semanas desde la última vez que escribí aquí. Olía a incienso por entonces en cada calle y ahora huele también a humo, pero de tanto incendio como hay. Podría escribir ahora de los pocos taxis que hay en León y de la bronca que se montó en Genarín en Santo Domingo, en la que la larga espera para coger un taxi provocó algún que otro mareo, varios insultos y hasta casi un atropello. Podría también hablar del terremoto cofrade que ha provocado La Expiración de Salamanca, ofreciendo ensayos en León y abriendo un cisma entre bandas como hacía tiempo no veíamos. O podría abordar ya, de forma definitiva, el racismo de esta sociedad, que aparece en cuanto un patinete cruza la calle y lo multan o los migrantes de esta provincia buscan regularizar su situación desesperados desde hace meses por las gestiones que supone, pero el problema es la saturación de la administración. Pero, la verdad, la primavera me mantiene anestesiado con el andancio y no tengo muchas ganas de entrar en tantas polémicas y voy a escribir mejor sobre otras bestias de la naturaleza, pero mucho más amables.
La depresión post Semana Santa en la que estamos aún los cofrades tiene en Sevilla un analgésico potente, que no es otro que la feria. El mío, resignado cazurro sin blanca, ha sido ver una vez más La Vida de Brian y la trilogía del Señor de los Anillos y mirar (y admirar) la naturaleza. Y así descubrí que Sabero tiene un puente colgante, que el pantano del Porma deja unas imágenes inolvidables en la retina y que Valdehuesa tiene poca cobertura y muchos bichos. Y es que estamos en esa temporada en la que proliferan las plagas y caminar 10 minutos por la calle implica que algún insecto se te enrede en el pelo, caído desde vaya usted a saber dónde, y aspires cada día cuatro o cinco esporas de chopo, de esas pelusas que toda la vida llamamos polen sin que lo haya sido nunca. Sin embargo, no es el problema la naturaleza, que despierta con la primavera como un oso hambriento de vida tras un largo sueño o un gato deseoso de saltar, gozar y retozar. No. El problema es la ciudad. Porque en la montaña todo cambia. En la montaña, puedes dormir con varias arañas rondando y un panel de abejas en la pared, pero tu mente sigue tranquila porque estás en su terreno. Ellos juegan en casa. Como el bisonte de Valdehuesa, que observa callado a los humanos, porque si hablara... ¿Qué verdad revelaría?
Y luego está la paloma. La que ha decidido que mi terraza es un lugar razonable para fundar una familia, lo cual dice mucho de ella y no necesariamente nada bueno de mí. Ha construido sobre la caldera un nido que desafía las leyes básicas de la arquitectura con cuatro ramas y un montón de mierda. Ha puesto allí sus huevos, sin consultar a nadie, con esa naturalidad de quien entiende la vida como algo que se improvisa, no algo que se piense demasiado. Y aquí estamos, el búfalo, la paloma y yo, todos unos bichos enfrentando a su manera la primavera.