Has tenido mucha suerte, españolito que bostezas, de poder vivir esta divertida y prolífica época en la que tanto hemos mejorado nuestra nómina de especímenes famosos. Antes apenas teníamos a la Esteban y poco más, ahora hay tal escaparte de príncipes del cutrerío que tal parece la parada de los monstruos. De primero de siquiatría, diría la chavalería actual.
Pues se acerca carnaval, vamos allá. ¿Qué pasa aquí para que hoy contemos con esa importantísima lista de (venga, creemos léxico adecuado para ellos) criptofatos y negaciopánfilos? ¿Cómo puede ser que un tipo que en algún caso ha sido alguien en lo suyo, o prometía, acabe más deteriorado que Resines después del Covid? ¿Cuántas ventanas plásticas tienen cerradas en su cerebro esas lumbreras para pensar y comportarse así? Vamos a centrarnos en el famoseo lejano, casos distantes para no herir sensibilidades locales.
¿Por dónde empezar? Cada uno tendrá su debilidad, en mi familia la mayor fascinación es para Vaquerizo, la Nancy rubia que da lecciones de moda en un periódico, te lo juro por Alaska; un tipo al que plantas con los brazos abiertos en un trigal de Gordaliza y no comen un grano los gorriones ese verano en toda Tierra de Campos. ¿Otros candidatos? A docenas: el Bosé amante bandido, cuya madre murió de Covid pero niega tal virus; Cano, perdido en su habitación y fuera de ella (quizá rayó al simular que tocaba dos teclados a la vez); Melody, gorila de pata negra y mente en blanco; el tuitero Soto, déjate querer y deja de beber; el Iker de cuarto milenio (a. C.) Y las terelus, los cuestas (no somos parientes, uff), las tamaras, las obregones, los pitingos, las etxebarrías y los etcéteras. Sigan ustedes, que a mí me da la risa. Pueden elegir entre toreros, actores, cantantes, políticos, deportistas, escritores y similares; en todos esos oficios encontrarán negacionistas, apocalípticos, trasnochados y fanáticos. Espantajos incansables, en sus mejores esencias.
Claro, sí, es cierto, igual se notan más estos tipos ahora porque hoy todo se sabe y se sube. Se edita, se cuelga, se ve. Desde el Benidorm ‘fest’ a Eurovisión, desde aventura en bolas a la isla de los gilis… el buen gusto, derogado. Las sobremesas, un horror. La televisión, galería de la zafiedad. Es como si hubiera nacido un oficio nuevo: hacer el chorra. Lo peor es que la falta de pudor y de estética se contagia y ha llegado al personal del común. Se conoce que los ídolos crean tendencia, por desgracia. Así que en las pantallas aparecen gentes de toda edad y condición, mal desnudos o peor vestidos, en directo o enlatados pero siempre haciendo el payaso para largar tontadas, airear intimidades, pretender que bailan o cantan o actúan o imitan, sin ningún sentido del ridículo y avergonzando a los demás. ¿Es que no tienen familia o amigos que les digan algo, que les paren los pies, que los echen de casa? El mundo necesita con urgencia espejos, espejos sinceros, que hablen y te digan si hay alguien más tonto que tú. «¡… gen santa!» gritaría Forges. La lobotomía se queda corta en muchos casos.