Después de veinticinco años negociando, parece que se ha alcanzado un acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur, bloque integrado por Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay.
Se crea así la zona de libre comercio más grande del mundo. Se eliminan los aranceles y se facilita la importación y exportación de mercancías entre ambas zonas.
Se argumenta que este pacto conlleva una larga lista de beneficios. Se habla de una ampliación en la variedad de productos, de un mercado más competitivo, una menor dependencia de las grandes potencias, una mayor garantía de abastecimiento. Todo ventajas. Aunque es posible que más de un lector se esté haciendo la misma pregunta, ¿ventajas para quién?
Los agricultores y ganaderos europeos ya han mostrado su rotunda oposición, sacando una vez más sus tractores a las carreteras para hacerse oír. Lamentan que se ha pasado por alto el impacto que va a tener todo esto en el sector primario, el principal afectado.
La razón de su malestar es que no van a poder competir con los productos importados de los países de Mercosur porque sus costes de producción son mayores. La política de la Unión Europea es más exigente en cuanto a fitosanitarios, control de cultivos o bienestar animal. Deben cumplir unas leyes y unos requisitos. Sin embargo, en la zona latinoamericana no están sujetos a medidas tan estrictas, de modo que producen más barato. Esto lo califican de competencia desleal a no estar en igualdad de condiciones. Los consumidores tendremos disponibles más productos a elegir y tal vez a menor precio. Una buena noticia para nuestros castigados bolsillos. No obstante, la calidad también se verá reducida. Es previsible. No es algo baladí, somos lo que comemos. Lo que nos llevamos a la boca repercute de forma directa en nuestra salud.
Teniendo todo esto en cuenta, no sé por qué, me quedo con la impresión de que casi siempre en este tipo de negociaciones, misteriosamente, los beneficiados y los perjudicados resultan ser los mismos.