Félix Cuéllar

La belleza de saber que se acaba

21/08/2026
 Actualizado a 21/08/2026
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Hace unos días muchos tuvimos la suerte de vivir uno de esos momentos que sabes que van a quedarse contigo para siempre: un eclipse total. Apenas dos minutos. Ciento veinte segundos en los que el cielo cambió, la luz se volvió extraña y todos levantamos la cabeza como si hubiéramos recordado que sobre nosotros existe algo inmensamente más grande que nuestras preocupaciones cotidianas. Y ocurrió algo curioso: durante aquellos dos minutos no quería perderme nada. No quería mirar el móvil, ni hablar demasiado, ni distraerme. Quería observar. Sentir. Empaparme de aquella imagen porque sabía que iba a terminar enseguida. Era consciente de que cada segundo que pasaba no volvería.  Quizá por eso fue tan intenso.

Y después pensé: ¿por qué no vivimos así más veces? Porque nuestra vida también está llena de pequeños eclipses que duran poco y no vuelven.

Una conversación con nuestros padres. Una comida con los amigos. Un abrazo de nuestros hijos. Una sobremesa sin prisa. Un viaje. Una carcajada. Una puesta de sol. Una mirada de alguien a quien queremos. Incluso esos días aparentemente normales que ahora nos parecen rutinarios y que algún día echaremos de menos. Pero muchas veces no estamos mirando.  Estamos pensando en lo siguiente. En el WhatsApp que acaba de llegar, en una llamada pendiente, en el trabajo de mañana, en una discusión de ayer o en cualquier otra cosa que reclama nuestra atención.

Nos hemos acostumbrado tanto a vivir distraídos que a veces estamos físicamente en un lugar mientras nuestra cabeza está en otros cinco.

Y quizá uno de los grandes lujos de nuestro tiempo no sea tener más cosas, sino conseguir estar completamente donde estamos. El eclipse también me hizo sentir algo que olvidamos con facilidad: nuestra pequeñez.

Ante aquel cielo era imposible no pensar en la inmensidad del universo, en los miles de millones de estrellas, planetas y galaxias que existen y en lo poco que sabemos de todo ello. Creemos saber muchas cosas y, sin embargo, desconocemos casi todo.

Tal vez lo más sorprendente no sea nuestra ignorancia, sino lo poco que nos preguntamos. Vivimos resolviendo lo urgente y dejamos de preguntarnos por lo importante. ¿Estoy viviendo como quiero vivir? ¿A quién debería dedicar más tiempo? ¿Qué estoy posponiendo? ¿Cuántas cosas maravillosas están ocurriendo delante de mí mientras estoy distraído mirando otra pantalla o pensando en otro problema?

Aquellos dos minutos terminaron demasiado rápido. Todos queríamos unos segundos más. Pero quizá ahí estaba su belleza. Saber que se acababa hizo que miráramos de verdad.

La vida, aunque nos cueste asumirlo, funciona igual. Tampoco sabemos cuánto durará cada etapa, cada amistad, cada conversación, cada abrazo ni cada presencia. Y puede que la gran enseñanza de aquel eclipse no estuviera únicamente en el cielo. Quizá estuvo en recordarnos algo mucho más sencillo: No necesitamos que el sol desaparezca durante dos minutos para empezar a mirar de verdad aquello que tenemos delante.
 

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