10/05/2026
 Actualizado a 10/05/2026
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«Llegamos al amanecer. 75 casos de gripe. 18 graves. 5 defunciones». Este fue el mensaje emitido desde el vapor Infanta Isabel, cuando faltaba un día para atracar, con la gripe española a bordo, en el Puerto de la Luz, Canarias. Ocurrió en 1918 y lo cuenta Mercedes Arocha en su libro ‘Epidemia a bordo’. El mensaje provocó tal revuelo entre autoridades y vecinos, porque el miedo y la supervivencia forman parte del humano, que también entonces se negaron a que atracase el vapor. Se decidió desviarlo hasta el lazareto de Gando, donde –según describe la autora–, en unas condiciones tan precarias como dramáticas, desembarcaron a más de 500 personas con burros y camillas, en una madrugada de otoño. 

Hoy, 10 de mayo del 2026, un siglo después, quizás a la misma hora en que nazca este periódico, o coincidiendo con aquel desembarco en un lazareto de Gando, está ocurriendo lo mismo en las mismas aguas, con una compleja operación seguida a nivel internacional. Hoy todos estaremos conectados a Tenerife para ver la evacuación de los ocupantes del crucero MV Honduis, con una historia negra ya pegada a su cascarón y a su nombre, para siempre. Hoy no habrá burros. Serán aviones de rescate de diferentes países, el estruendo de las zodiacs, autobuses y todo el operativo humano, para el desembarco y repatriación de 110 pasajeros, los que rompan el silencio necesario para que amanezca un domingo y el sol despierte de buen humor, en un pequeño puerto tinerfeño llamado Granadilla de Abona. 

Ya tenemos otra fecha histórica para apuntar en nuestra agenda, pasando de no tener ninguna a no dar abasto, en pocos años. «Llegamos al amanecer. 3 muertes. 5 contagios confirmados y varios sospechosos». Ya tenemos otro temor para anotarlo en rojo y subrayado. Otro recelo mal disimulado, casi cogiendo manía a ese vecino que tanto viaja, rumiando por dentro «pero por qué no se estará quieto, con lo bien que se está en casa». Otra vez a desplegar los mapas sobre la mesa. Ahora que ya dominábamos el nombre de los mercados chinos y Wuhan se nos había hecho familiar, toca viajar por la Patagonia, siguiendo las huellas del matrimonio ‘punto cero’, supuestamente infectado en un vertedero de Ushuaia, antes de subir a bordo con la muerte dentro. Esta vez el peligro viene navegando, pero no nos dejan ni llamarlo peligro, aunque sea letal, no vayamos a asustar a alguien. 

En León no tenemos mar y no alcanzamos a verlo, pero yo conozco a mujeres de aquellas que, a lo largo de los siglos, encendían faros y hogueras en la costa para guiar a los barcos. Y si hacía falta, eran torreones y fortalezas en lo alto del acantilado para detectar barcos enemigos. Para ellos, ejercían de puerta de hierro y puente levadizo, cerrándoles el paso. Y también eran pacientes Penélopes, poniendo candelas en la ventana para guiar al marido. Hoy revuelan  las palabras protocolos, aislamiento. Cinco positivos y tres muertes. Un avión y una azafata. Un hombre  sospechoso en un punto de África. Otro en Singapur o vaya usted a saber dónde. Pensaba confesar a las Penélopes que tengo miedo. Y pedirles que cierren puertas, leven puentes y apaguen faros y candelas. Que icen la bandera Lima, que me asusta un barco que viene a lo lejos. Pero una vez conocidos los datos, no hace falta que se encaren con los piratas, que  ya desembarcaron en otros puertos y andan por tierra firme. Desde que el barco soltó amarras en Tierra del Fuego, con destino a Cabo Verde, fue haciendo trasbordos en los que se apearon trocitos de peligro para todos. Ahora, mientras hacen el rastreo internacional, reconstruyen itinerarios, localizan al grupo que desembarcó en Santa Elena y a los pasajeros del vuelo de la mujer fallecida, toca desempolvar la prudencia, que más lejos estaban aquel mercado chino y sus murciélagos. 

Porque ya nos hicimos incrédulos, empapamos el felpudo de lejía y con las gotas que sobraban, lavábamos el tomate y la lechuga. Ya nos pusimos guantes cuando debíamos cubrirnos la boca. Ya estamos tan resabiados que nos sobra y nos falta información a partes iguales. Ya maliciamos nosotros las cosas y cuanto más intenten suavizarlo, peor lo ponemos. En esta ocasión, la flotilla del miedo se adelantó anunciando lo que venía detrás, alarmándonos a todos, dando tiempo a la confusión general y a que cada uno de nosotros, doctorados en todo, tuviéramos la solución. Ante tal anuncio se entiende la reacción del temor, el derecho a la defensa y la negativa a abrir la puerta, que por bueno que seas y, aun teniendo cama y cena, no cobijas a un desconocido que viene armado. No deberían anunciar un problema antes que la solución. Era bastante sencillo: No llega, se acerca. No atraca, fondea. 

También cuenta Arocha en su libro que, el alcalde canario del desembarco de hace un siglo, era médico y acudía al lazareto de Gando con una cantante de la isla. Él ejercía su profesión y ella cantaba coplas a los enfermos. Leyendo esto, me parece oír a Leonard Cohen «Hay una grieta en todo, así es como entra la luz».

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