A falta de mar en Castilla uno reflexiona mirando el oleaje de los trigales en primavera, pero sobre todo el cielo. Los gorriones o los estorninos dibujan también mareas entre las nubes, que son espumas buscando acantilados contra los que romperse. En tres días hay que volver a las urnas, y hay todavía bandadas de votos vagando sin rumbo entre los edificios, las antenas y el páramo. Papeletas huidizas que acabarán en el sobre que les ofrezca un refugio seguro. O simplemente asustadas por el resto de siglas y de candidatos. Queriendo ser coherentes aunque inútiles unos, ilusionados ante lo desconocido otros. Votos que planean entre los tejados, que se cuelan por una ventana abierta y aterrizan sin avisar en mitad de la familia a la hora de la cena.
Votos de miedo, de enfado, de esperanza y de ira, de conformismo. De utopías, de pragmatismo, votos heredados y votos rebeldes, a la contra, de cinismo. Votos todos, en definitiva, que nadie sabe con qué otros acabaran haciendo remolinos. Que uno suelta los votos y ellos luego se juntan contra natura, títeres bien amarrados por los hilos de los partidos. Pero hasta entonces los votos son libres, cada vez menos dóciles, cada vez más salvajes e inesperados. La metroscopia los vigila cual cazadores de tormentas, pero la meteorología electoral se ha vuelto realmente compleja, y más aún en los últimos días antes de los comicios. Ha estudiado el profesor de la Universidad Carlos III Raúl Magallón lo sucedido hace menos de un mes, en las elecciones generales del 28 de abril. Y las bandadas de votos, que fueron desbandada para los partidos que perdieron apoyos, volaron aparentemente desorientadas en los últimos tres días antes de acudir a las urnas. Meses de precampaña y toda la campaña para que el grueso del decisivo treinta por ciento de indecisos eligiera papeleta cuando a los candidatos ya les faltaba el aliento. Después de decenas de mítines para convencidos, de giras de entrevistas y de dos debates; las generales se decidieron durante el fin de fiesta y el ruidoso silencio de la jornada de reflexión. Porque por mucho que se empeñe la Ley Electoral el sábado de reflexión no existe en España a no ser que uno reserve un banco que mire a lontananza. Ese día de los mensajes políticos prohibidos y de las encuestas con frutas páginas de verificación como ‘Maldita.es’ o ‘Newtral’ marcaron récords de visitas y desmentidos. En la red y las redes, esas realidades paralelas que acaban desfigurando la realidad palpable, llovieron en tormenta las noticias malintencionadas y los bulos.
Ahora va a volver a pasar. En Castilla y León vivimos las elecciones más abiertas en décadas y es posible (y por primera vez hasta probable) que los pactos desalojen al PP. Todos nos quieren puntualmente desinformados para dirigir los vuelos de los votos perdidos que decantarán los resultados. La desinformación es un silbato para perros, que solo lo escuchan los colectivos a los que dirige su odio y sus mentiras. Silbidos para organizar bandadas decisivas. Por eso son más necesarios que nunca árboles fiables donde cobijarse. El periodismo profesional y responsable que contrasta lo que publica es la única garantía contra los manipuladores de la opinión pública que se enmascaran con apariencia de medio de comunicación. No doblen su voto con el papel de cualquier página.
Lo mejor es buscar un buen mirador con vistas al horizonte más lejano. Soltado el voto en libertad, como un abejaruco recién anillado, que sea lo que la democracia quiera. Ver al atardecer del 26 de mayo. Cogerse de la mano y disfrutar del espectáculo.
Bandadas de votos
23/05/2019
Actualizado a
18/09/2019
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