Estamos entre el Día Mundial de la Salud Mental y el Día de la Raza, o Día del Respeto a la Diversidad Cultural, o Día de la Hispanidad. Una fecha solo superada en nombres por Froilanín (el del disparo en el pie), al que menciono en esos términos para no dar lugar a confusión, estando León en plenas fiestas de San Froilán. El día de la Salud Mental se celebró ayer y todo lo demás, mañana. Unos, evocando la llegada de Colón a la isla de Guanahani. Otros celebrando el mestizaje y nacimiento de culturas y razas entre España e Hispanoamérica. Y otros, renegando de todo ello, porque nos hicimos estupendos y ahora todo tiene connotaciones que pueden molestar. Mejor dejar las conquistas, que tanta pereza provocan. Y con el renacer del racismo, al que estamos asistiendo, mejor pasar de puntillas sobre razas y tradiciones ajenas, que bastante tenemos con conservar la pureza de las nuestras. Tema maravillosamente tratado ayer en este periódico, por mi compañera Yolanda Casado, en su columna ‘La tradición’, dando un baño de ironía a nuestros festejos de San Froilán, solo superable por las almendras garrapiñadas de la Virgen del Camino y su baño de azúcar.
Hace días, mi vecina me miró como al bies y, con una mezcla entre pena y temor, me dijo cuánto la entristeció que la última vez que nos vimos, solo cruzase cuatro palabras con ella y lo hiciera de forma muy seca. Llevaba toda la semana rumiándolo y necesitaba decírmelo. La explicación es que no era yo, era mi hermana gemela, que vino a visitarme, y mantuvo una pequeña charla de cortesía, siguiendo las normas básicas de educación, dejando a la buena mujer con ese come come que provocan las cosas que te inquietan. Mi vecina echó en falta la sonrisa, la mirada que pregunta sin palabras «cómo va esa espalda». Le faltó el calor que da el roce cotidiano y sintió pena por ello. La importancia de una palabra y el tono en que se diga. La importancia de un saludo o una despedida, de un gesto y una mirada. La importancia de ser humanos con nosotros mismos. Esta nimiedad que cuento me vino a la cabeza escuchando ayer al psicoterapeuta José Luis Marín, en una entrevista.
Dice Marín que hemos psiquiatrizado la vida. Que la ansiedad, el sufrimiento, la pena, la rabia o el miedo, son elementos que forman parte de ella. Y solo llegados a un punto deben considerarse un problema psiquiátrico. Y hasta en ese punto, no siempre necesitan ser medicalizados. Que no podemos separar los fenómenos mentales de lo que ocurre a nuestro alrededor. El hecho de que alguien te retire un saludo te puede emborronar el día y, desde que salimos de casa, nuestro estado de ánimo depende de lo ajeno, del semáforo cerrado, de que llueva o el vecino no te sonría. Y nos protegemos de la lluvia, mientras nos empapan la ansiedad, estrés, miedo, fatiga y cansancio… Emociones que, cada una por sí misma, puede ser buena. De hecho, asegura el psiquiatra que la tristeza es una emoción preciosa, sabiendo gestionarla. El miedo puede salvarnos la vida y la rabia es ese elemento con el que se han conseguido muchas cosas a lo largo de la historia. Y ahí estamos, con todo ello en las calles, hecho una amalgama imposible ya de separar. Un aleteo de mariposa que convirtió la angustia de Maricarmen y su ansiedad, en la tristeza y la rabia de todos. Esa rabia con la que se consiguen las cosas.
Debo aclarar que, al final, se celebró lo de ayer y lo de mañana, a deshora y en apenas unas baldosas, al coincidir en el rellano con la vecina y ese joven mucho más alto, más negro y más guapo que nosotras. Al pasar, nos regaló una sonrisa demasiado azul para ser otoño. A saber de qué parte del mundo la trajo. Ella no pudo reprimir un ¡Jesús, qué guapo! Creo que, con la carcajada general, celebramos el Día de las Razas y hubo mucha salud mental en un portal de barrio.
Claro que tenemos estrés y tristeza. Claro que estamos cansados. A las madres ya les duelen los dedos de coser fronteras, para dejar el mundo de una pieza y que no se lleven a sus hijos a guerras ajenas. Madres abriendo puertas para que nadie esté ni dentro ni fuera y los sintecho no existan. Quién les iba a decir que acabarían siendo ellas las desahuciadas, porque la codicia no tiene espera para dejarlas morir de viejas. Pues va a tener razón el Sr. Marín y los sentimientos que creemos malos, esconden un trasfondo maravilloso. Tuvieron que meterse con los mayores para que la juventud, esa que mide sus casas por baldosas en vez de metros, despertase. Ahora están en la calle con la ansiedad convertida en rabia, la rabia convertida en grito y el grito convertido en fuerza. La tristeza la dejamos a un lado, callada, que dice el psiquiatra que es algo bello, pero en esta sociedad no está bien vista. Todos los demás elementos, que van de la salud mental de cada uno hasta la sociedad que los provocan, están hoy en la calle, emulando el canto de Rafael Amor. «En las calles las sonrisas, la flor nueva y el trigal, todas las voces del pueblo gritarán una vez más: paz, paz, paz».
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