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La balanza de pagos del talento leonés

20/02/2026
 Actualizado a 20/02/2026
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En estas últimas semanas he venido analizando cómo León exporta riqueza bruta a través de dos vías: la falta de transformación del maíz y la evacuación de nuestra capacidad energética hacia polos industriales vecinos. Hoy quiero cerrar esta serie abordando nuestra exportación más gravosa, dolorosa y sin embardo, más invisible, que viene como consecuencia, en parte, de las otras dos. Si en la balanza comercial de bienes ya presentamos un saldo deficitario en valor añadido, en nuestra particular «balanza de pagos» del capital humano el déficit es estructural. Estamos ante una transferencia neta de activos de conocimiento que compromete nuestra solvencia a largo plazo.

Para dimensionar el fenómeno debemos mirar a nuestra Universidad (ULE), un motor que sostiene una matrícula cercana a los 10.000 estudiantes y que destaca en áreas como la biotecnología, la ciberseguridad o la ingeniería aeroespacial. Sin embargo, el análisis de inserción laboral revela una realidad financiera demoledora. Según los indicadores de la Fundación CyD y los flujos migratorios del INE, en torno al 40 % de nuestros titulados en áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) cotizan fuera de la provincia antes de cumplir los tres años de carrera profesional.

Aquí es donde el concepto de «balanza de pagos» cobra todo su sentido. Formar a un graduado en el sistema público supone una inversión media que ronda los 30.000 euros. Cuando ese joven, cuya formación ha sido financiada por el esfuerzo fiscal del territorio, emigra a Madrid, Alemania o los Países Bajos por falta de un tejido industrial que lo absorba, León emite una transferencia de capital a fondo perdido. Regalamos el activo más caro de producir (el conocimiento especializado) a economías ya más competitivas que recolectan, sin coste de formación, los dividendos de esa inversión.

El retorno de esa inversión (el IRPF, el consumo doméstico y el efecto multiplicador de la innovación) se materializa a cientos de kilómetros. Al igual que ocurre con la energía que generamos en el Páramo o en El Bierzo, el talento leonés acaba iluminando el PIB ajeno. Somos una factoría de élite que subvenciona la productividad de hubs tecnológicos globales mientras nuestra propia estructura productiva corre el riesgo de quedar estancada en sectores de menor valor.

Revertir esta dinámica no es una cuestión de romanticismo demográfico, sino de equilibrio en la cuenta de capitales provincial. Casos como el polo biofarmacéutico local o el ecosistema de ciberseguridad demuestran que, cuando existe una apuesta industrial clara, el talento no solo se queda, sino que actúa como imán para el retorno. León tiene los mimbres académicos y el potencial energético, ahora necesita que esa ventaja competitiva sirva para crear el ecosistema donde nuestros titulados puedan, por fin, liquidar su cuenta con el futuro aquí mismo. Es hora de que nuestra balanza de pagos deje de presentar saldos rojos en su partida más valiosa.

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