Una música que, al comenzar, te eriza la piel. Una ciudad desconocida en un país extranjero en la que desearía vivir. Volver a un lugar conocido y reconocerlo. Un cuadro que admiro desde siempre y que, al verlo por primera vez, se me ofrece más hermoso de lo que esperaba. Una canción amada y olvidada que suena por casualidad en la radio del coche. Cerrar los ojos en compañía y engañarte pensando que nada malo puede suceder en ese instante. Una mano que toma la tuya cuando lo necesitabas y no lo sabías. La sonrisa perfecta atrapada en una fotografía imperfecta. El roce de unas sábanas, una espalda. Un suspiro. Calor. Un amanecer que se demora en el alféizar, atardeceres prendidos de las hojas de los árboles más altos.
El café que tomas con un amigo el día que tu padre ha muerto y, al fin, puedes llorar. Y algunas otras cosas más, que callo. Motitas. Constelaciones desperdigadas en un océano de oscuridad. Soplos de felicidad que se esfuman tal como llegaron, sin aviso, sin detenerse. El balance de un año.
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