Javier Cuesta

Balance estival

12/09/2025
 Actualizado a 12/09/2025
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Has superado el veraneo invasivo y el sol inclemente, el mosquito tigre y las cien ferias medievales. Hurra. Puedes, mientras vas directo al otoño, hacer recuento. Primero, de novedades: últimamente, en verano hace calor y lo llaman alerta naranja; hay tormentas y les dicen danas. Segundo, balance de cosas que no cambian, aquí en lo local: caña diaria al alcalde, continuidad en ciertos fangales periodísticos, nada nuevo bajo el sol de agosto.

Parar dos meses te permite escribir de todo lo del verano, que da para mucho. Por elegir un par de asuntos, en lo nacional. Montorito bravo, trincado. Hagamos más leña del bandolero caído, no ya por venganza a estas alturas: por justicia. En 2016 el tribunal europeo TJUE contradijo al Supremo de aquí, sobre la retroactividad de las cláusulas suelo abusivas en préstamos hipotecarios. Muchos reclamaron judicialmente esas cantidades, al amparo de dicha sentencia que obligaba a las entidades bancarias a devolver lo indebidamente cobrado y las condenaba en costas. Pero la Administración del señor Montgomery Burns, para suavizar el castigo, consideró los honorarios de los letrados incremento patrimonial de los beneficiados por aquellas reclamaciones. Con el consiguiente perjuicio en la declaración de la renta, donde aparecía la minuta del abogado como ganancia patrimonial y obligaba a tributar por esas cantidades. Entonces la Agencia tributaria estaba gravando un ingreso no real, costas procesales que el reclamante nunca percibió y que aumentaban su base imponible en el IRPF. Algunos acabaron (acabamos) palmando dinero por reclamar. Montorazo al canto, por el que nadie protestó, ni colegios profesionales, ni asociaciones de consumidores. Nadie. Como siempre. Puag.

Capítulo dos: Torre Pacheco. Golpean a un vecino, quienes fueran daba igual, está la policía para actuar. De hecho, los detienen rápido. Y ya está, como en cualquier suceso. Ese hecho, por desgracia frecuente, desencadena una batalla, ¿en qué momento? Cuando salen de sus cuevas unas hordas de trogloditas más bárbaros que los tres de la paliza y cuya islamofobia estaba ahí desde antes; nostálgicos de una época en negro y de lo peor de aquella España. Esos cafres están crecidos, van sobrados, llenan la calle y es la gente tolerante la que tiene que apartarse, esconderse, callar. Acierta Uriarte en sus Diarios al decir que ofende más que se metan con tu aspecto que si lo hacen con tus ideas. Más en este caso: su ideología es repugnante o no existe siquiera; provoquemos pues, veamos su figura fenotípica. Cuando increpaban a los medios, las imágenes los retrataban: morfológicamente clonados, cabeza/buque, rapados, cuello más ancho que cabeza, más músculo que materia gris, amazacotados, resorte automático en brazo derecho, perfil delincuencial, ¿y esos van a salvar España? Lo condensó Barret así: “no es el fanatismo lo que engrandece las patrias modernas, sino el trabajo”. 

Ergo, matoncetes, aflojad el ímpetu patriótico, abandonad las calles y, con vuestro amado líder incluido, ¡a vendimiar!
 

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