Me sobran dedos de una mano para contar las veces que me he disfrazado. Quizá por eso recuerdo especialmente cuando me metí en la piel del inolvidable Manolo, el de ‘Manos a la obra’, mientras que mi gran amigo Hectorín hacía lo propio con Benito. También fui papa una noche en mi siempre añorada época universitaria e incluso sufrí un intento de magnicidio cuando un vecino me tiró un petardo desde la ventana harto de los cánticos de nuestra procesión no autorizada por las calles pucelanas para rondar a las mozas de un colegio mayor vecino. Y no puedo olvidar las veces que me revestí de Papa Noel en el Azaila o del rey Melchor en la residencia en la que estuvieron mis abuelos.
El recuerdo sigue vivo quizá por ser tan contadas las ocasiones, aunque ahora la gente encadene disfraces con una facilidad pasmosa. Apenas nos hemos quitado el de tunos y ya hemos sacado del armario el de pendoneros, pero no hemos pujado por la vara y ya tenemos los escaparates llenos de esqueletos, calabazas y muertos vivientes. Halloween, probablemente la fiesta con más sentido si fuera de verdad y nos permitiera traer durante una noche a quienes tristemente ya no están con nosotros.
En todo caso, si hay un disfraz que llevamos encima a perpetuidad es el de muy leoneses y mucho leoneses. Nos lo ponemos para defender esta tierra, pero nos apretamos tanto el cinto que al hecho de decir que nadie nos quiere, que siempre somos los últimos o que todo nos lo quitan le sumamos que aquello que funciona podría funcionar mejor y que aquello que sale bien en realidad tampoco era para tanto. Esta vez han librado, pero hasta las exitosas fiestas de San Froilán se irán al guano si no dejamos las peleas absurdas por ver quién es más leonés. Imagino que será esa particular manera que tenemos de mostrarle nuestro cariño a nuestro terruño.
Disfrazamos el cainismo de leonesismo, igual que disfrazamos los muros de Feve, como si unos grafitis que maquillen el abandono de la traza fueran a hacernos olvidar la década y media que llevamos esperando que los trenes vuelvan a su estación y que aquellas coloridas infografías con las que entonces se nos ponían los dientes largos se hagan realidad. A este paso, igual la solución es poner ruedas a los dibujos.
Y también nosotros nos disfrazamos muchas veces de gente capaz de todo. Decimos que estamos bien, que no necesitamos a nadie, que podemos solos. Ese quizá sea el disfraz más difícil de quitar. Tal vez la vida de verdad sea precisamente dejar de disfrazarse. No vestirse de pingüino para una boda, de tuno para cantar, de pendonero para sentirse leonés o de muerto para recordar a quienes ya no están. Tampoco hace falta pasar el día proclamando cuánto queremos a León, porque a veces bastaría con disfrutarlo un poco más.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.