09/07/2026
 Actualizado a 09/07/2026
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¿A quién de vosotros nos os han dicho alguna vez aquello de ‘¡estás en Babia!’? Todos sabéis que quién os lo dice está haciendo referencia a que eres un buscador de musas, de ángeles y demonios, de que estás todo el día «a la luna de Valencia», otra expresión cotidiana y que es, en sí misma, perfectamente definitoria del sujeto. Babia, para el que no lo sabe, es una comarca natural de nuestra provincia, famosa desde siempre por sus pastos, donde han pacido, a lo largo de la historia, vacas, ovejas y caballos. Babieca, el caballo del Cid, nació y creció entre arroyos de agua cristalina y hierba ‘gourmet’ de primera categoría, posiblemente en San Félix de Arce o cerca. Los que saben, dividen la comarca en dos: Babia de Suso (la de arriba), con capital en Cabrillanes y Babia de Yuso (la de abajo), con San Emiliano como centro. Quién se considere leonés con pedigrí tiene, por fuerza, que visitar el valle por lo menos una vez en la vida, porque es hermoso con cojones, rodeado de montañas que superan con mucho los dos mil metros, de las que destaca sobre todas Peña Ubiña, una de las cumbres más altas de la Cordillera Cantábrica.

¿Por qué viene, entonces, el mentado dicho ese de ‘estás en Babia’? Según la leyenda, surgió porque los reyes de León, cuando estaban hasta los huevos de la Corte, de los moros o de los castellanos, se refugiaban allí buscando la paz y la tranquilidad en forma de cacerías interminables y de pernadas con mozas del lugar, lustrosas y de mejor ver. Cuando alguien preguntaba por ellos en la capital del Reino, sus lacayos respondían: «está en Babia», con lo que el fulano entendía a la primera que se lo estaba pasando pirata.

La verdad siempre suele ser más prosaica y la explicación más fetén debe de ser que, los pastores de la trashumancia, los que subían en el verano con sus rebaños de miles de ovejas merinas, cuando estaban todos por la noche frente al fuego y alguno se quedaba transpuesto soñando con su tierra, siempre había alguien que le avisaba «¡eh, que estás en Babia!».

Uno, que, por cien motivos distintos, conoce bien la comarca, se enamoró de lugar casi a primera vista. Pero lo mejor de esta tierra son sus gentes: austeras, serías, cumplidoras, incapaces de hacerte una mala jugada. Además, como todas las zonas resguardadas por la naturaleza de nocivas influencias, son hospitalarias, hasta tal punto que, una vez, me hicieron dormir en la cama principal de la casa porque no entendían que lo hiciera en el saco de dormir que llevaba en mi mochila; para ellos era algo impensable, contrario a cualquier fórmula de la cortesía que habían mamado desde niños.

El caso es, con la que está cayendo en España y en el mundo (y no estoy hablando del puto mundial de fútbol), uno llega la conclusión que sería maravilloso que Sánchez, Feijóo, Abascal, Macrón, Trump y toda la banda de descerebrados que nos gobiernan, se diesen una vuelta por San Emiliano, por Cabrillanes, por Huergas, por Ríolago o por Torrestío y se relajasen la faja, que por lo visto les aprieta mucho las entendederas y no la panza. Todos los mencionados (y otros que se me olvidan porque son más impresentables que los mentados), necesitan por prescripción facultativa, una semana en Babia para que aprendan que el mundo funciona perfectamente sin ellos y sus paranoias. Aquí, en Babia, lo aprenderan: sólo hace fata que se den un paseo por cualquiera de los parajes que os he contado, se fumen un canuto de los que colocan, aunque no quieras, y recen al Dios que escojan (libre albedrío lo llaman), para saber que el riachuelo que los acompaña durante todo su paseo, la montaña que ven, impertérrita y solemne, desde que se levantan hasta que se acuestan, seguirán allí hagan lo que hagan para joder la vida de diez mil millones de personas, aunque tiren diez o quince bombas atómicas. La vida, pase lo que pase, hagan lo que hagan, seguirá adelante y, cree uno, volverá a renacer en esta comarca maravillosa que tenemos la suerte que está en León, ¡con dos cojones y una vara!... Al final, es siempre lo mismo: no sabemos lo que tenemos.

Salud y anarquía.

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