Sumergido en el verano babiano, envuelto en una ferida que no conoce pausa bajo las praderas del pico de Montigüero, como el verdadero tiempo que pertenece a esta tierra y no a la prisa. Cojo aire bajo una intemperie huérfana, una especie de amnesia que pervierte el lenguaje y reduce los conceptos a meros eslóganes. Sí, nos han robado el significado de la libertad, vaciándola de alma para convertirla en una mera mercancía medida por el tamaño del bolsillo. Esa falsa emancipación no es más que una fardela llena de oro que nos aísla y nos desprotege. Desde la Babia de Suso se hace necesario desterrar las connotaciones que adulteran la palabra “libertad” y crear, desde el sentimiento, un horizonte nuevo: fundir en la frauga Babia y libertad en un único neologismo, Babertad.
La verdadera soberanía nace en el silencio de las cumbres; un silencio que detiene el tiempo y nos libera del estruendo de la política y del ruido mediático. Un soplo de aire limpio que barre de la mente el exceso verbal, la mentira empaquetada y la intimidación de este circo de monigotes que convierte la política en un teatro donde la fuerza eclipsa a la razón. Frente a su soberbia, este latido debe alzarse como el triunfo de la escucha y del argumento entre quienes de verdad aman esta tierra. No es una huida y un aislamiento; es la reconquista de nuestra dignidad como pueblo, el regreso a lo que realmente nos hace humanos.
Lo colectivo es nuestra trinchera, el espacio donde la vulnerabilidad no puede convertirse en mercancía y donde los derechos comunes se defienden frente a quienes, al servicio de intereses privados, intentan reducir lo público a una oportunidad de negocio. Son mercenarios de las puertas giratorias, expertos en poner precio a lo que pertenece a todos; capaces de tasar las estrellas y cobrar hasta por mirar el eclipse de agosto.
Desde este paisaje bajo asedio, resuena en mi memoria aquella canción de Asfalto, que invocaba al Capitán Trueno para que ganase el bueno. Desde este ‘cuetu’ levantemos el pendón de la Babertad; que la tristeza por lo que intentan arrebatarnos no nos derrote, sino que se transforme en serenidad y, a la vez, en rabia para que volvamos a entrelazar las manos bajo un mismo cielo. Que el firmamento nos acompañe, nos proteja con fuerza y nos ilumine, para que nuestro Llión sea libre y dueño de su futuro.
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