El pasado lunes, 15 de septiembre, comenzaron las clases. Quiero ponerme en la piel de miles de directores de colegios e institutos, todos ellos agobiados por los problemas de principio de curso: matrículas, horarios, cupos de profesorado, obras en el centro y muchos más. Hoy yo voy a opinar sobre uno de esos problemas que, a mí como director, más me agobiaba: “el transporte escolar”. Durante mi etapa como director teníamos en el instituto cinco rutas. El transporte escolar es un servicio destinado a trasladar estudiantes a sus centros educativos de forma segura y organizada. Este servicio ofrece muchos beneficios a los alumnos y a sus familias como mayor seguridad, responsabilidad, puntualidad y organización familiar, además de fomentar la socialización entre los alumnos. Facilita la logística para los padres, que no tienen que encargarse diariamente de los traslados. Ayuda a que los alumnos lleguen a tiempo a sus clases. Da las normas a los autobuses escolares para que cumplan normativas de seguridad vial. He aquí algunas de las “pautas” más importantes que tiene que reunir el transporte escolar: Todos los vehículos deben contar con dos salidas de emergencia, una al principio y otra al final debidamente señalizadas. Los vehículos no pueden tener más de 20 años de uso. Tener al día la revisión técnica mecánica. Poseer un seguro obligatorio y pólizas de responsabilidad civil. Cada escolar debe ocupar un asiento, no debe tener sobrecupo. No se deben exceder los límites de velocidad. En la parte delantera y trasera del vehículo debe señalizar con un aviso en color amarillo la palabra “escolar”. También los escolares han de seguir y cumplir unas normas básicas a la hora de usar el transporte escolar. Tanto a la hora de subir al vehículo como cuando estén en su interior: No debe esperar al autobús demasiado cerca del bordillo. Cuando vaya a subir debe esperar a que el vehículo esté totalmente parado. Adoptar una postura adecuada en el asiento. Es necesario que los escolares se sienten cuanto antes y no corran al hacerlo. Es importante que esté sentado antes de que el vehículo se ponga en marcha y que se abroche el cinturón. Ningún escolar puede quedarse de pie en el pasillo. Deben hacer caso a los posibles consejos que dé el conductor y los más importante no distraerlo mientras conduce. No se debe gritar ni jugar dentro del vehículo. No se ha de comer ni beber dentro del autobús, hay que cuidarlo para mantenerlo limpio y en buenas condiciones.
No deja de ser curioso y preocupante para el director de un colegio o un instituto que, mientras se despierta por la mañana, los autobuses de cinco rutas cargados de alumnos están circulando por las carreteras, con lluvia, nieve o hielo, y él es el responsable de todo lo que pueda ocurrir en ese viaje. Para mí siempre fue algo muy serio e inquietante. Me preocupaba estar yo solo en ese juicio en el que podía salir culpable. Intentaba analizar y evitar todos los riesgos: Realizaba el recorrido de todas las rutas. Tomaba nota de los peligros, paradas, marquesinas u horarios de cada pueblo. Estaba en contacto telefónico directo con los chóferes. Dos alumnos de cabecera de línea me informaban cada mañana, al llegar al centro, de las novedades en la ruta, ELLOS ERAN MIS OJOS EN CADA AUTOBÚS. Demasiada responsabilidad para los directores de centros escolares. Reconozco que es un servicio imprescindible y gratuito para garantizar el derecho a la educación y para hacer posible la escolarización en el centro escolar correspondiente, dentro de su adscripción, si el colegio o instituto público está en una localidad distinta al domicilio del alumno. Totalmente de acuerdo. Pero los riesgos y peligros que conlleva este servicio deberían estar más controlados: control de vehículos, control de chóferes, control del comportamiento de los alumnos, y no sólo si se colocan el cinturón de seguridad sino todos los detalles del viaje. He tenido ocasión de ver últimamente cómo funciona el transporte en los colegios de élite privados de Madrid, Barcelona o Valencia. Todos cuentan con una persona por autobús que hace de azafata y que controla y se responsabiliza de lo que ocurre en el recorrido. Posiblemente esto encarecería aún más este servicio gratuito, pero los peligros que conlleva lo requieren. El historial de denuncias que hemos recibido por este servicio a lo largo de nuestra vida como director es interminable. Casos de acoso, gamberrismo, fumar, gritos, peleas... El chofer no puede atender a conducir y controlar el comportamiento de los alumnos. Ocurre de todo. Valga como ejemplo el despiste de un niño que el primer día de transporte se cambió de ruta y no encontraba su pueblo y su parada. Fueron tres horas de nervios. La familia histérica y nosotros, como es lógico, pasamos por un drama terrible hasta que apareció el niño. Mis queridos lectores, tarde o temprano llegará la azafata a todos los autobuses escolares.
¡Ojalá que no sea una desgracia lo que acelere esta mejora para la seguridad en el transporte escolar!