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"Ayúdame a mirar"

05/04/2026
 Actualizado a 05/04/2026
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Dice el cuento de Galeano que Diego no conocía la mar y el padre lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur porque la mar estaba más allá de los altos médanos. Cuando alcanzaron las cumbres de arena, la mar estalló ante sus ojos. Y era tanta su inmensidad que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando pidió a su padre: "Ayúdame a mirar". Eduardo Galeano (El libro de los abrazos).

Ya conté en su día que no puede haber Semana Santa más sencilla que la que me llega de la infancia. Catorce cruces colgadas en la pared de una pequeña iglesia que, llegada la Semana Santa, cobraban vida convirtiéndose  en las etapas del Calvario, desde el Pretorio de Pilatos, casi pegado a la puerta de la sacristía, hasta el Gólgota, justo al lado del único ventanuco de la iglesia, por el que entraban las golondrinas. Esas catorce cruces enlazadas por humedades y desconchones cómplices, como dibujando caminos, cuestas y montes, y una voz infantil leyendo la oración correspondiente a cada etapa, indicaban el trayecto a un Jesús coronado de espinas, que avanzaba con una cruz a cuestas. De fondo, una docena de parroquianos devotamente arrodillados y ateridos de frío, respondían al niño lector con una retahíla de responsos. Ellas con velo negro y ellos con camisa limpia. A veces sonaba una campanilla, olía a incienso y un velón se consumía sobre el altar. Esos eran los ornamentos que había.

Tan bien conocíamos el catecismo que teníamos ubicado el Huerto de los olivos en la huerta de Josefa y a los apóstoles pescando en el río de las eras. Les poníamos cara y nombre. Acompañábamos a Jesús el lunes a casa de Lázaro. Sabíamos que el martes intuiría la  traición de Judas, que le vendería al día siguiente. Nuestro día favorito era el jueves porque iba el cura a lavarnos los pies, antes de la Última Cena, con su vino y pan ázimo. Así llegábamos al viernes, al Vía Crucis y la cruel historia en la que un inocente es sentenciado y crucificado, con una multitud jaleando su muerte, seguido por un sábado de silencio y tinieblas en la cara de todas las madres. Sabíamos lo que simboliza un trozo de pan.

En una jofaina con agua veíamos a Pilatos lavarse las manos. Un puñado de espinas no era una zarza. Sabíamos de una cesta de peces, de un jarro de vino que antes fue agua, de una pedrada y un gallo cantando tres veces. Y que Lázaro y la resurrección llegarían al tercer día. 

Pero, como le ocurrió a Diego en el cuento de Galeano, no conocíamos la mar porque estaba más allá de los altos montes, hasta que la edad adulta nos llevó a conocerla. Cuando alcanzamos las cumbres, la mar estalló ante nuestros ojos. Y era tanta su inmensidad que quedamos mudos de hermosura. 

Una riada de gente cubría las calles de la capital. No había suficientes ojos ni sentidos para capturar tantos Cristos sufrientes y Vírgenes dolorosas, arropadas con los paños más humildes o riquísimos mantos y coronas. Se mezclaban tejidos ásperos con valiosos encajes y terciopelos, y olor a incienso con cera y flores. Auténticos retablos bíblicos avanzando a lomos del fervor y la devoción de los braceros, escoltados por bandas musicales, banderas, reliquias y relicarios.

Orfebrería de oro y plata. Silencio y rezos. Griterío de niños. Manolas de punta en blanco y encaje negro. Cofrades bajo túnicas y capirotes. Ofrendas, devociones y promesas. Propósitos de enmienda y penitencias ofrecidas al Cristo o a la Virgen al que cada uno rece, representados en tallas de valor incalculable, que llevan sobre sus hombros o simplemente acompañan. Llevan consigo tesoros secretos pegados al cuerpo. Símbolos tan pequeños como inmensos: medallas, estampas, una cruz o un escapulario. Y la fe escondida muy adentro. Pero fuera, no hay suficiente aire para tanta algarabía de tambores, clarines, cornetas y aplausos, relegando el silencio al fondo de los templos. No hay suficiente suelo para tanto pie cansado meciendo el paso al compás de los tambores. 

Pies que hoy, primer domingo después de la primera luna llena de primavera, como decretaron los romanos, podrán descansar. Porque hoy, domingo de Pascua, la Virgen cambia el manto negro por blanco y con palomas al vuelo, acaba una Semana Santa que nada tiene que ver con la del otro lado de los montes. 

Admirable el trabajo  dedicado a dar carácter festivo a la historia con sabor a pan ázimo y olor a vinagre, que cuentan las escrituras. Aquella Semana Santa tan pequeña que pendía de la pared de una iglesia, solo eran esos granitos de esencia que dan sabor a lo exquisito. Una esencia que hay que rebuscar en lo más hondo, para dar con ella entre esta explosión de colores, riadas de gente por las calles y el absoluto derroche de arte y devociones procesionando la ciudad. Y yo, que con 14 cruces me bastaba, me siento como Diego en el cuento de Galeano, perdida entre la multitud, incapaz de abarcar tanto con solo cinco sentidos, deseando tener un padre a mi lado para tartamudearle al oído: «Ayúdame a mirar». 

O Llévame para casa.
 

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