Javier Cuesta

Agua, que se quema el río

31/08/2025
 Actualizado a 31/08/2025
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Cuando el gran Caparrós escribió al inicio de su delicioso libro ‘Ahorita’ que en nuestra Era el fuego se extinguía, quizá no calculó lo que nos aguardaba en este agosto maldito en León. Reflexionaba sobre cómo antes el fuego (desde el mito de Prometeo) hacía a los hombres, era el centro de la vida: el hogar, el calor, cocinar, con él se iluminaban, se defendieron de las fieras, funcionaban las máquinas… Ahora no existe apenas, salvo paradójicamente al final: en la incineración de los tanatorios. Y también en nuestros montes, habría que añadir al fino análisis del cronista. Ayer el fuego era vida, hoy es destrucción.

Está todo dicho. Por desgracia todo escrito, todo opinado. No queda ni resquicio para otro enfoque de lo ocurrido. Pero, viendo que todos pronunciamos Cecopi con tanta soltura y familiaridad, ¿quién se resiste a escribir sobre el tema? El Cecopi, qué hallazgo. En las catástrofes, las siglas y el lenguaje se vuelven fascinantes: los BRIF, los Chinook, PLEGEM, GENEM, AESA, GADE, el EFFIS-Copernicus (busquen ustedes equivalencias) y nivel cero, uno o dos (¿qué es esto, la ‘play’?; o arde o está apagado, punto). En fin, que también me conminó a escribir sobre ello Vicente, amigo muy indignado y vecino de Marzán, pueblo del Valle Gordo y cercano a Fasgar, que proponía el título ‘Barbari ad portas’, invocando el regreso de los bárbaros. Me contaba, él sí sobre el terreno, que soltaron allí unas brigadas de no sé dónde que no conocían el territorio, ni caminos ni montes, que hacían cortafuegos donde no era o contrafuegos donde no debían. Suerte tuvieron de no extraviarse en Llavachos o en algún valle de Omaña.

El caso es que se veía venir. Uno, un clima trastornado, primavera muy lluviosa, selva forestal, biomasa abandonada, calor africano, inusual y prolongado en agosto. Dos, falta de políticas de gestión, de inversión y de planes forestales por parte de autonomías y entidades locales, incumplimiento de planes de prevención, gobiernos incompetentes de todo signo, absurdas normas en despachos lejanos. ¿Qué podía salir mal? Después, hecho el daño, demasiados agentes implicados y, ya se sabe, mucha gente es malo hasta para la guerra: administraciones y políticos, brigadistas, bomberos, ejército, técnicos forestales, ingenieros de montes, UME, voluntarios… . No hemos visto por aquí ni al chef José Andrés ni a ningún valenciano devolviendo la solidaridad de la dana. Sí vinieron sus majestades, como siempre, vestiditos en modo semi-quechua, a resolver la catástrofe, ja, y a regalar una cobra de los forestales a Mañueco.

Lástima. Una vez más, no aprenderemos nada ni en la desgracia. A veces un dato ilustra más que todo un tratado: tres años después del desastre en la Sierra de la Culebra, de los casi cincuenta millones prometidos la Junta ha invertido en torno a una décima parte. Sin embargo, llegará marzo y los castellanos ¡y leoneses! volverán a votar a los mismos de los últimos cuarenta años. Poco nos pasa para lo que vamos sembrando.
 

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