Confieso que hoy acudo algo nerviosa a la cita. No es un sábado más. ¿Sabes que cada encuentro supone un reto nuevo? ¿Una nueva manera de acercarme a ti a través de estas palabras entre las que siempre aparece el temor a dejar escapar algo que pueda incomodarte?
Escribo hoy desde la profunda gratitud porque tú me estés regalando estos minutos eligiendo este instante frente a otras alternativas. Que tus ojos se posen sobre estas letras… sobrecoge…
Hoy el calendario impone su caprichos. Y no querría caer en el tópico manido de hablarte de los corazones y las rosas carmesí que quizás alguien te regaló o tú hayas enviado. O el de refugiarme en algún poema, por mucho que quisiera regalarte «la voz a ti debida» en la altitud de los pronombres de Pedro Salinas, aunque en el latido del poeta del amor podamos celebrar la alegría de enlazarnos en un instante donde la hondura poética nos eleve.
Te acercas hasta aquí para reposar en reflexión sobre temas que nos encantan. Y en este momento somos «mucho más que los dos» de los que habla Mario Benedetti en su celebrada poesía ‘Te Quiero’. Porque tus pensamientos, mis palabras y la sabiduría de los tiempos anidan juntos para alumbrar un instante de reflexión y disfrute para ambos.
Querida lectora, celebrado lector. No podemos negar que para vivir con plenitud debemos enamorarnos. Poseemos un cerebro diseñado para vivir enamorado. Porque el amor es nuestra esencia, droga de la que no podemos prescindir, por ello le cantan los poetas, y le diseccionan los neurólogos asegurando que tras esos arrolladores flechazos, actúa la química molecular combinando dosis exactas de dopamina, oxitocina y serotonina. Dopamina, la del placer adictivo que libera mil y una mariposas que nos transportan en arrebol a un paraíso emocional ante la presencia nueva del ser que nos fulmina.
Luego, con el sosiego alcanzado y superada la euforia inicial, será la oxitocina liberada a raudales en el contacto físico íntimo, la que genera deseos de exclusividad y visos de fidelidad, la misma que las madres liberamos cuando alumbramos un nuevo ser a la vida.
Y con el tiempo de intimidad cotidiana, serena la serotonina, equilibrio emocional que aporta la calma necesaria para proseguir esa poesía amorosa cargada de un futuro apacible.
Es la historia de la evolución del amor que navega por los mares hormonales que nos inundan. Eso cuentan los científicos. Los poetas gustan hablar de veneno suave, arrebol y terciopelo, luna nueva y mares tempestuosos, encuentro dulce y verter suave. Y silencio.
Y esta columna pretende ser más un regalo poético que llana lección de química, y sobre todo, una auténtica declaración de amor por tu detalle de haber llegado hasta aquí.