31/05/2026
 Actualizado a 31/05/2026
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Con el mismo recato de siempre, asistimos estos días a las últimas audiciones y recitales del conservatorio profesional de música en el auditorio Ángel Barja, en el edificio de la calle de santa Nonia. Serán las últimas si finalmente se cumplen los plazos, pues cabe recordar que, hace unos cinco años, una consejera del ramo anunciaba en plena campaña electoral la segura apertura del nuevo conservatorio el siguiente mes de septiembre. Ahora parece la buena, porque el hosco féretro negro que se levanta en un barrio periférico de la ciudad presagia un traslado inminente de las enseñanzas musicales. Alguien pensaría al verlo que se trata de una alegoría arquitectónica en un país donde la música ha ocupado ínfimo espacio en la educación y la destierra a un cubo oscuro, sin ventanas.  

Durante décadas el conservatorio leonés ha ocupado un edificio algo vetusto y destartalado al que en los últimos años se negaban arreglos y renovaciones con la excusa de un prolongado carácter transitorio. Declaran que el edificio es de la Diputación provincial y corresponde a la Junta proporcionar el inmueble pues tales enseñanzas le competen. Pero no. El edificio, ambos edificios (el viejo y el nuevo) no son de la Junta ni de la Diputación, sino nuestros, de los ciudadanos, que encargamos a esas administraciones que administren, que hagan el mejor uso posible de ellos, que nos sirvan a todos. Por ese motivo no se entiende la necesidad de levantar tan luctuoso y, según manifiestan sus futuros usuarios, insuficiente construcción cuando se contaba con una que hubiera servido y lo hacía. Un edificio, este de Santa Nonia, dotado además con un excelente auditorio del que se desconocen usos futuros y que, por muchos y buenos conciertos que programe, no llegará a ser el lugar acogedor donde los alumnos leoneses han echado sus dientes musicales durante los años que permanecen en el conservatorio.

Un auditorio coqueto, de sonoridad precisa, tamaño asequible y sobrio pero acogedor aspecto al que se le han ido rompiendo algunas butacas y le hace falta un repinte, su vieja entrada principal clausurada y comida por hierbajos. Un auditorio que amparó con frágiles silencios domésticos las primeras muecas de desafinación y expresiones de complacencia de unas cuantas generaciones de músicos o personas amantes de la música, de familias que aplaudían hasta dolerles las manos, de lágrimas y algún contenido grito de emoción y congoja. No quiero ponerme cursi, lo siento, pero me temo que el Ángel Barja no tendrá una vida y un público más feliz que los que ha tenido hasta ahora, se haga lo que se haga con él y en él. 

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