Estoy en casa escribiendo, es temprano. Hace calor, la ventana está abierta de par en par. Me encuentro inmersa en una escena complicada, sucede en la montaña, tengo que dar unas pinceladas sobre la montaña; sucede entre varios personajes, tengo que dar unas pinceladas sobre cada uno. El capítulo se alarga, no fluye. De pronto se me ocurre una idea brillante, cojo aire y, cuando me dispongo a teclear, un ruido raro, como si caminaran sobre el tejado. Dos cuerdas caen por delante de la ventana y en un minuto hay un hombre frente a mí. Lo miro con los ojos muy abiertos y ambos nos sobresaltamos. Buenos días, dice con acento extranjero, somos los de la fachada. Me quedo inmóvil, estoy en braga y camiseta, descalza y llevo una pinza en la cabeza. Qué temprano, consigo articular. Es que luego calienta mucho el sol. Entonces recuerdo que en la reunión de vecinos explicaron que vendría una cuadrilla de ucranianos a arreglar la fachada. Digo, si no le importa, bajo la persiana, que estoy trabajando. Claro, claro, mi hijo y yo no la molestaremos. Me levanto y bajo la persiana. Me siento de nuevo. ¿Cómo era lo que se me había ocurrido para la escena? Entonces escucho otras dos voces. Una suena joven, debe de ser el hijo, le dice al padre: Josué el fin de semana jugó a la lotería y le tocó el gordo. Habla la otra voz, con acento latino: Conocí a una chica con la lotería ‘on line’, iba en el metro, entré en el móvil para jugar y una chica me habló por el chat, era hondureña, como yo. Me dijo, que siempre iba en coche, pero ese día justo se le había estropeado y tomó el metro, y resulta que en ese mismo metro iba yo. El joven ucraniano le interrumpe: Mira, encontraste la suerte en el metro. El latino continúa, se llama Carla, es modelo.
El hijo dice: Igual tiene 60 años y trabaja limpiando casas. Risas. Contesta el latino: No, no, ya nos vimos. Quedamos en el andén. Ahora tengo dos novias, una entre semana y otra para los fines de semana. Más risas. El padre dice: Yo, misma mujer desde hace treinta años. Te cuento algo, muchas mujeres, mucho dinero y mucho lío. Dice el joven: Ja, lo que pasa es que mamá te mataría. El padre replica: No, «lyubov, lyubov». ¿Eso qué es?, pregunta el latino. Responde el padre: Ah, si no lo aprendiste ya, no te lo voy a explicar. Oigo cómo se descuelgan al piso de abajo. Busco esa palabra o algo que suene similar en Internet: amor.
Miro la pantalla del ordenador, trato de volver a mi escena, de imaginar la montaña, la tensión, los personajes. Pienso: atrapar la vida, eso es lo que intento con mis novelas, pero a veces la vida está ahí fuera, frente a mi ventana.
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