Aveces guardo cosas que me gustan, como hacía mi madre con las «cosas de preste», por si un día podían usarse para algo. Hace tiempo guardé un video enviado por un amigo, que podría ver mil veces. Era enero en la prefectura de Nara, Japón. En un taller hay cuatro salas y en cada sala, cien lámparas de aceite ardiendo. Tan solo dos artesanos cuidan de ellas y las manipulan con sumo cuidado, durante horas, raspando y recolectando el hollín que genera cada lámpara.
Atrapar humo, se llama. Hasta el más mínimo detalle cuenta. El aceite puede ser de soja, paulonia, camelia o sésamo y los cuencos que lo contienen deben ser de lodo no poroso. El hollín recolectado se amasa con pegamento de origen animal y una porción de agua exacta, como mi madre amasaba el pan, y se vierte en pequeños moldes como ella hacía para elaborar jabón casero. Conseguidos las barras o cilindros de tinta sólida, se cubren con ceniza de roble para que absorba su humedad, como mi padre cubría los jamones con sal antes de colgarlos. De la misma forma, las barras de tinta sólida se cuelgan con paja, entre seis meses y cuatro años. La finura conseguida y el tiempo que se deje envejecer, como el vino de solera, convertirá la tinta sumí en asequible o impagable.
Ya tenemos la tinta sumí sobre la mesa, la más selecta, la que se recolecta como la miel, atrapando humo, se amasa como el pan y envejece como el vino, hasta alcanzar la excelencia, digna de usarse en ocasiones tan especiales como el centenario de la celebración del Día Mundial del libro. Ahora necesitamos el soporte para convertirla en palabra escrita, con la condición de que hoy solo hable de calma, de vida, de brazos rodeando otros brazos, o de nada.
No me importaría utilizarla como en los inicios de la historia, sobre piedra o madera y en ocasiones, convertida en tatuaje sobre piel humana, aquellos primeros soportes para la escritura, que siguen teniendo vigencia, especialmente para herirlos con corazones cruzados por flechas y un nombre en cada extremo. Quizá, el más antiguo papiro llegado hasta hoy, descubierto en la tumba de Hemaka, se conservó virgen, soñando que tinta sumí se deslizaría sobre él, porque apareció sin nada escrito.
Y así vendríamos historia alante. Todo servía para contarnos cosas en cualquier rincón del mundo. Desde aquellos `libros´ chinos, sobre láminas de bambú, hueso, escamas o seda. O sobre las hojas de palma seca, en la India.
Tablillas en las que sumerios y asirios imprimían caracteres sobre la arcilla antes de ser cocida. El pergamino sustituyendo al papiro, el códice al volumen y el libro dejando de ser un rollo continuo para convertirse en hojas cosidas, y el papel ganando la partida al pergamino.
Ya tenemos tinta y todo tipo de soportes para convertirla en palabra escrita, para llegar a otros, aunque solo sea uno. Porque para eso se escribe, para que alguien te lea y se beba tu tinta las veces que quiera. Escribes para meterte en el cuarto sin llamar a la puerta y sin que nadie te espere. Y los martes de lluvia, cuando la puerta se cierra por dentro, escribes para tí mismo, porque es la única forma que tienes de contarte las cosas, aunque apenas te escuches. Escribes para hacer zafarrancho hasta quedar limpio. El proceso es remangarse el alma, aspirar telarañas, ventilar armarios y vaciar los bolsillos de recuerdos cautivos. Abrir el cajón de los sueños rotos, volcarlos sobre la cama y tener el valor de lanzar al vacío ese puzle imposible que guardas, el que nunca sale porque falta una pieza. Se deben sacudir las hojas no escritas, las que quedaron en blanco porque las pilló la helada un día de febrero, por no vivirlas a tiempo o por dejarlas para un mañana que pasó de largo. Escribes para desprender sueños que penden ya secos de las ramas del tiempo y borrar los renglones torcidos, por el derecho que tienes a lavar esos sueños, dejarlos niños y volver a escribirlos. Escribes para volar a los brazos que quieras, para jugar en la plaza que nunca existió, para ser la princesa del reino o la puta del pueblo.
Para vivir lo que quieras, porque la tinta el papel y la mente tienen poder para ello. Escribes para exfoliarte por dentro, para mecer la pena cuando la guerra sangra, raspando alegrías o tristezas como se raspa el hollín para hacer tinta sólida. Y siguiendo el mismo proceso, lo almacenas al fondo de la memoria, para un día rescatar ambas cosas al mismo tiempo.
Hoy, abriendo boca para el Día Mundial del Libro, como novia en capilla, decido utilizar la barra de tinta sumí más selecta. Elijo para ella aceite de paulonia en un recipiente de barro no poroso, amasada con pegamento de venado y secada entre ceniza de roble. Tinta sólida recolectada como la miel, amasada como el pan y envejecida como el vino, volviendo a ser líquida para ser palabra. Elijo aquel papiro en blanco de la tumba de Hemaka, que espera ser escrito. Hoy descarto noticias negras y rotas. Elijo contar que seguiré escribiendo para ti, quien quiera que seas.
Feliz día del libro a todos.