Fue en el año 393 d.C. cuando tuvo lugar la última edición de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad –lo hablábamos aquí mismo hace ya algún tiempo–, al ser prohibidos por el emperador romano Teodosio I, después de más de doce siglos de trayectoria –la primera edición se remonta al 776 a.C.–, ya con el Cristianismo como religión oficial, como toda conmemoración pagana.
En 1894, Pierre de Frédy, barón de Coubertin –el idéologo e impulsor–, organizó un congreso en la célebre Universidad de la Sorbona de París para presentar a representantes de distintos países la iniciativa de recuperar los Juegos de la Antigüedad, un gran evento deportivo internacional. Y, así, el 6 de abril de 1896, Lunes de Pascua –como también lo es en 2026; el lunes se cumplirán 130 años– eran inaugurados los primeros Juegos Olímpicos modernos, que se llevaron a cabo en Atenas y se prolongaron hasta el día 15 de ese mismo mes. Habían pasado más de 1500 años –1503– desde los últimos celebrados.
Fueron 241 los participantes –todos varones– de 14 países distintos –entre los que no se encontraba España– los protagonistas de estos Juegos, en los que se disputaron 43 competiciones de 9 deportes diferentes. Y resultaron todo un éxito: no solo fue el evento deportivo con mayor participación internacional hasta entonces, sino que también levantó una gran expectación congregando a multitud de personas –que llegó a rondar los 80.000– para presenciarlos.
El ganador de cada competición recibió una medalla de plata –no de oro–, una rama de olivo y un diploma; y el segundo clasificado, medalla de cobre, rama de laurel y diploma. Estados Unidos logró 11 primeros puestos y 7 segundos; Grecia, 10 y 18; y Alemania, 6 y 5. El primer vencedor en los Juegos fue el estadounidense James Connolly, que ganó el triple salto; el griego Spyridon Louis fue el primero en la maratón –la prueba más emblemática–; y el gimnasta y luchador alemán Carl Schuhmann, el más laureado, proclamándose campeón en cuatro ocasiones.