Con Argentina me pasa como con Astorga (Atapuerca para los amigos): Por mucho que intente odiarlas, no puedo. En Astorga hice horas y horas por motivos de trabajo y me fue muy bien, aunque a veces, al llegar a la cuesta de San Justo, me entrasen las ganas de hacer como Santo Toribio y limpiarme las zapatillas para quitar el polvo..., también de la cabeza. Pero un pueblo que ha dado al mundo a los Panero y a Jose el de «Gisela», tiene que ser bueno. Con los argentinos me pasaba igual: allí nacieron Borges, Cortazar, Sábato, Alfonsina Storni, Manuel Puig y el más largo etcétera que queráis poner. Es imposible que un país que se permite el lujo de tener algunos (los mentados y muchos más), de los mejores escritores en lengua castellana sea capaz de no ser maravilloso. Pues lo han logrado...
Hace más de un mes que se jugó la final de la Copa del Mundo de fútbol entre España y Argentina, que, como sabéis, ganamos con la gorra; pero, como uno es más lento que el caballo del malo para según qué cosas, hasta que no me dijo un amigo que mirase el Youtube y viese algún vídeo sobre lo que soltaron nuestros hermanos de España y de la selección: me quedé de piedra. Es imposible ser más bobo que estos subnormales. «Los españoles son tontos, como Cucuyera, que toma una paeya, bebe una estreya y reconoce..., que es tonto». Pongo la «y» griega porque el prenda es incapaz de pronunciar la «elle»... Sé que el fútbol para ellos es una religión y que han dado, como el caso de los juntaletras, al mundo tres de los cuatro mejores jugadores de todos los tiempos: Di Stéfano, Maradona y Messi; el que falta es un tal Pelé. Pero de ahí a afirmar que «el mejor jugador español de todos los tiempos no podría jugar de titular en el Belgrano», además de una sobrada, es más falso que una moneda con dos caras, va un mundo. Además, como se ha demostrado en el mundial recién terminado, España es un equipo con mayúsculas, dónde el colectivo va delante de las individualidades. Y dejar de suplentes en el Belgrano a Xavi, a Iniesta, a Casillas o a Unai Simón, además de una tontería, es una falta de respeto que sólo un imbécil puede largar por esa boquita. Argentina perdió la final de la Copa del Mundo porque, al lado de los españoles, parecía como si estuviesen jugando la Cultural contra el Barcelona de Guardiola o de Luis Enrique: ni más ni menos. Y no olvidemos el baño que dio España, en semifinales, a Francia, sin duda el gran favorito, a priori, del evento: no olieron la pelota en todo el partido, como sucedió en la final. Uno, que sabe de fútbol lo justo (no olvidemos que soy del Athletic y se supone que ese equipo no sabe de sutilezas), dijo a sus amigos, desde antes del mundial, que íbamos a ganar casi de calle, porque éramos, sin duda, el mejor equipo del mundo; y así fue: llamarme visionario, chamán o iluminado, pero lo tenía más claro que la luz bendita.
Y luego viene el comportamiento que tuvieron cuándo terminó el partido: qué un mito como Messi no obligase a sus compañeros a hacer el pasillo a los campeones, que, todos lo visteis, diesen la espalda al equipo campeón cuando recibía el trofeo, indica que, de educación, lo justo. No pude por menos que recordar la final de la copa del mundo de rugby; Nueva Zelanda perdió el partido frente a Sudáfrica (mayormente fue un robo en toda regla, no olvidemos que el árbitro era inglés), y, aun así, los neozelandes hicieron el pasillo al campeón y se fueron a tomar unas birras con los adversarios... En esta vida, muchas veces, es más importante saber perder que saber ganar, porque, en la derrota, se demuestra la pasta de la que estás hecho.
Sé que os prometí, la semana pasada, hablar de la conferencia a la que asistí en Cistierna sobre los actos vandálicos que están dispuestos a hacer los que mandan en nuestra provincia; os pido perdón por no acometerlo, pero resulta que el martes, en La Vecilla, hay otra con los mismos protagonistas y quiero empaparme bien de sus enseñanzas para, primero comprender y luego saber explicarme como dios manda en estas líneas. Aprovecho para rogaros que acudáis, si podéis, al asunto y es que todo es muy simple: si queremos luchar para conservar lo que tenemos, hay que tender argumentos.
Salud y anarquía.
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