Lo primero que resulta absolutamente necesario para formarse una opinión sobre el asunto de la guerra de Irán es vacunarse contra las patologías psíquicas que afectan tanto a Donald Trump como a la izquierda en general.
Descabezar y debilitar un régimen medieval que asesinó recientemente a 35.000 personas por participar en una protesta pacífica y desarmada; o que, por poner un ejemplo, condenó a muerte a dos chicas –Maryam Rostampour y Marziyeh Amirizadeh– por convertirse al cristianismo, es un objetivo razonable. En ese sentido, creo que hay tragedias peores que la muerte de Ali Jamenei y de varios altos funcionarios en la operación del pasado 28 de febrero.
Impedir que ese mismo régimen disponga de armas nucleares es también un propósito comprensible. Primero porque el mundo debería evitar que nadie las tuviera en una región que, como Oriente Medio, lleva en guerra auténticos milenios, y segundo porque si hay alguien que quiere tener armas nucleares no con el fin de disuadir a sus enemigos, sino para usarlas, son precisamente los ayatolás. Por eso, tanto los bombardeos de las instalaciones nucleares iraníes, como la desaparición de los principales científicos nucleares del país, que la CIA, el Mosad y el Servicio Secreto Británico llevaron a cabo en 2010 con asombrosa limpieza y precisión, son acontecimientos lamentables, pero también bastante tranquilizadores.
La cuestión es si desde un punto de vista ético estos fines justifican los medios. La izquierda, en este caso, dice que no, pero su postura se descalifica por sí misma cuando quienes enarbolan el «no a la guerra» son los mismos que rinden tributo a todos los genocidas comunistas que han sido y son. Trump, por su parte, no argumenta más que fantochadas megalómanas, como cuando pretende que el mismo papa –supongo que también el Dalai Lama– se ponga una canana encima de la sotana blanca y, metralleta en mano, apoye cualquier acción bélica que él lidere.
Sin duda lo ideal sería que el desarme y el fin de la represión, en este y en otros casos, se obtuvieran mediante el diálogo, las cesiones mutuas y cualquier otro medio pacífico, y el papa no puede otra cosa sino pedir que recemos por ello y mantener viva la esperanza de que algo así pueda suceder en este mundo.