Una mañana de esta semana salí de mi casa con la mochila llena de papeles dispuesto a resolver varios asuntos menores de índole jurídico-administrativa. Recorrí la Delegación Territorial de la Junta, la Subdelegación del Gobierno, el Ayuntamiento de León, la Policía Local y un Ayuntamiento del alfoz. No conseguí arreglar ninguno de los problemas que llevaba y me traje al despacho dos nuevos. Si no fuera porque este es nuestro trabajo y porque la experiencia nos ha enseñado que con paciencia y perseverancia las cosas terminan saliendo, resultaría desmoralizador. ¿Pero cómo se las arregla el ciudadano corriente para navegar en estas aguas procelosas que es inevitable atravesar para emprender cualquier cosa en este país?
Por la tarde me encontré tomando un café en el extrarradio. A pesar de su aspecto de pequeño bar de barrio de toda la vida, la propietaria del establecimiento era claramente oriental. Con concienzuda pulcritud, había colgado detrás de la barra, en perfecto orden, todas las resoluciones, anuncios, permisos y licencias que infinitas leyes y reglamentos obligan a exhibir. Nunca había visto una decoración tan penosa. No quedaba hueco ni para una triste foto de Cristiano Ronaldo: la licencia de apertura, el permiso para la terraza, el certificado del seguro, una notificación de la Junta que no pude leer, el aviso del aforo máximo, la lista de precios, el cartel de protección de datos, la información de alérgenos, el ofrecimiento de las hojas de reclamaciones oficiales y el cartelito sobre la venta de alcohol a menores.
Pensé en la cantidad de mañanas que habría dedicado aquella mujer para conseguir semejante palmarés. Cuántas veces tuvo que volverse a su casa de vacío porque la documentación no estaba en regla, cuantos «vuelva usted mañana», cuantos requerimientos de subsanación habría tenido que atender. Aquel collage era todo un monumento a la heroicidad del autónomo y del inmigrante legal, y un retrato de la desvergüenza de quienes han creado y sostienen la monstruosidad burocrática, hipertrofiada de normas y funcionarios, en la que se ha convertido España, que asfixia y paraliza cualquier intento de iniciar la más humilde iniciativa de emprendimiento.