El otro día fui a ver a Rosalía. Supongo que tengo que sentirme afortunado y es que a pesar de sumar fechas y fechas tanto en Madrid como en Barcelona conseguir una entrada dentro del esperpento en el que se ha convertido este tipo de compras hoy en día era poco menos que misión imposible. Colas virtuales hasta donde internet alcanza a ver, precios que cambian justo cuando le das al botón de comprar, transferencias a través de apps que ni siquiera sabes donde descargar. Ir a un concierto en 2026 es todo un ejercicio de fe, aunque supongo que en este caso un poco de eso iba la temática del ‘show’ de Rosalía. Será una experiencia inmersiva, lo raro es que no te hayan cobrado un extra. Ah sí, los gastos de gestión. El caso es que yo no fui capaz de conseguir entradas. Fue María, excompañera de LNC a la que echamos de menos cada día cuando de hacer un traje se trata (y de muchas otras cosas también, tampoco te pongas así), la que buceó en las entrañas de internet o simplemente tuvo la fortuna de ser agraciada por los dioses de la cola virtual, la que consiguió un par de tickets que, honestamente, el día D había olvidado cuánto me habían costado.
Lamentablemente las conversaciones en la previa llevaron a volver a llevarme el disgusto. Ochenta machacantes (más gastos de gestión). Me suelen vacilar mis amigos cuando digo que vi a tal o cual grupo por 5, 10 o 20 euros, pero es que el hecho de haberlo hecho de verdad hace que me duela aún más. Cuando estudiaba en Madrid, pagar 40 por ver a nombres de primera línea como Muse, Arcade Fire o Arctic Monkeys me parecía simplemente una locura que, no voy a decir que me dejase sin comer una semana, pero sí limitaba mi dieta y especialmente mis salidas nocturnas. El caso es que asumido el primer (segundo) disgusto y una vez ya dentro del recinto, consideré oportuno consumir una de esas cervezas que un señor carga en su mochila. Nueve euros. La parte buena es que se me pasó el cabreo que traía del Húmedo en Semana Santa. Menos mal, si hay que estafar que mejor me lo haga un madrileño. A partir de ahí todo genial. Concierto sensacional, compañía inmejorable y gente no demasiado alta a mi alrededor. 10 de 10. Hay tiempo ahora de recuperar para la próxima, y menos mal, porque hoy en día ir a un gran concierto se ha convertido ya no solo en un artículo de lujo, sino en un auténtico marrón que supone sortear obstáculos que ni siquiera tienen solución pasando por caja. La burbuja se volverá a explotar y todos nos volveremos un poco menos locos. Pero hasta que eso pase, disfrutar de dos horas de entretenimiento suponen dos semanas de dolores de cabeza. Ya verás cuando me acuerde de lo que pagué por ver a Bad Bunny. Se viene disgustazo gordo.