Y`articulistos´. Hay un primer grupo de, podríamos decir, `yoistas´. Observadores de su ombligo. No firman asuntos de interés general, no se mojan ni agitan nada, lo suyo es el aplauso azucarado. O bien el tópico, la nostalgia sentimentaloide, airear emociones, confesiones, secretitos ñoños, que viene a ser como si alguien retira el termómetro de su axila y nos hace pública su temperatura corporal. Algunas ideas para ellos, para yo/mi/me/conmigo: «Tengo un artículo sin publicar, les diré por qué (250 líneas de explicación) / Cuando uno era joven, en aquel entonces, ah, qué tiempos aquellos… / Hoy salí a correr y el hombre con el que vivo me dijo… / Cómo me gusta el tren, recuerdo ir en brazos de papá / Ayer nació nuestra nieta / Mi mamá me leía un cuento cada noche / Yo predije en dos mil cinco la gran crisis de 2008 / En una revisión médica rutinaria me detectaron un problema / Voy a regalar el libro de mi amigo A a mi amigo B / Encontré a X en la calle Ancha y me soltó ¡qué bien escribes… y eres el mejor analista político! / Doy una charla en Sierra Pambley hoy, qué nervios / He tenido un año lleno de amor, ojalá vosotros también…» ¿Qué les parece? Pues no son ideas nuevas sino frases sueltas, literales, entresacadas de lo publicado; todo muy trascendente («Estás hinchado de vos mismo. Nada te cabe»; C. Moya)
Otra tropa está formada por los `todistas´. Saben de todo, de todo conocen, nada divino ni humano les es ajeno: política, religión, geoestrategia, economía, deporte, cultura… Parte de esa peña se irá además a recorrer tertulias televisivas o radiofónicas, destino natural del sabelotodo. Más aún, algún excluido mendiga un hueco en esos debates, como antojo casi patético. Mientras resultan elegidos (o no) para lucirse en el arte de discutir, siguen emborronando espacio con todo su saber, que es ilimitado. («En este país es más difícil trabajar que opinar; en vista de lo cual todo el mundo opina»; Pla) La nómina se completa con los canallitas. Resentidos, `faltosus´, miserables sin escrúpulos, insultadores sin estilo en el borde de la injuria. Porque una cosa es la indignación y otra la bilis. Un tal Herrera puede regalar, mientras besa el escudo de la Cope, una docena de calificativos ofensivos (necia, cretina, descerebrada, boba, sectaria, analfabeta…) a una antitaurina candidata del Pacma porque sí, porque le sale de sus cuernos a él. Un tal Reverte, furriel plumatriste, se despacha con dos docenas de insultos feroces a ZP, presidente democráticamente elegido, porque le peta a su académica entrepierna. ¿No podemos nosotros hacer igual con ellos? Pues sí, verán, a esos pandilleros también se les puede educar, y con mayor elegancia que la suya. Podríamos decirle a un tal Jorge, por ejemplo: oiga, oiga, señor Bustos, que ha sacado usted esta mañana su agresiva pluma a pasear y se ha olvidado luego de recoger su mierda de columna. Podríamos, sí. Porque nos sale de los mismos sitios. A los demás, feliz verano (yo, pausa de hidratación).
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