Ensombrecida por la estúpida guerra desatada por el binomio criminal Trump-Netanyahu en Oriente próximo, la noticia de esta temporada debería haber sido únicamente el regreso de misiones tripuladas al espacio, a la Luna. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de la NASA los tiempos han cambiado desde que la carrera espacial deslumbraba como aventura absoluta y se acompañaba de discursos altisonantes sobre los avances de la humanidad, que, aun disimulando la guerra fría, no eran tan sospechosos como ahora.
Hace décadas que Carl Sagan describió la Tierra como ese punto azul pálido que apenas se distingue en la monstruosa desolación espacial, un espacio frío, silencioso y letal. Los humanos necesitamos llevar un poco de la Tierra para sobrevivir fuera de ella, una pizca de su calor y su aire respirable en forma de naves selladas y acondicionadas o farragosos trajes que envuelven a los astronautas en una burbuja de vida separada de la vida.
En estos tiempos de saturación de imágenes, con miles de ellas amontonadas sin orden en el bolsillo, las de la Tierra «flotando» náufraga en su inmenso desamparo son las más poderosas de cuantas se hayan obtenido jamás. No solo porque revelan la voluntad de la especie humana de ir más allá de sus límites, todavía apenas una salpicadura insignificante en el colosal océano cósmico, sino sobre todo porque manifiestan una verdad más allá de cualquier consideración, una verdad que anula la mayoría de los argumentos que proliferan estos años: somos un mismo y frágil grupo habitando un mismo y frágil lugar. Diferencias «insalvables», fronteras, injusticias, despilfarro, agresiones al medio ambiente... dañan nuestro hogar común quizás para siempre y clausuran un futuro para todos. No el del planeta, el nuestro.
Hay un número creciente de población que desconfía de la ciencia, de sus advertencias, de sus conclusiones; una multitud de ciudadanos recelosos de los cambios a que obligan y obligarán las crisis climática y ecológica, negacionistas de la evidencia. Muchas personas ejercen su derecho a opinar para hacerse eco de patrañas dañinas contra ellos mismos, contra todos nosotros, votando a políticos oportunistas y perniciosos. La imagen de ese pequeño punto debería disipar esos desvaríos.
Pero, como suele, el poder fomenta la ignorancia por razones crematísticas. Un nuevo peligro se cierne sobre el espacio y la investigación: su privatización. Las ávidas manos de los mandarines del dinero se abalanzan sobre los posibles beneficios de la exploración extraterrestre. Primero fueron los satélites privados y los viajes turísticos anti-gravitatorios y pronto será la colonización orbital y lunar, la liberalización interesada de lo que nos pertenece a todos. Urge declarar nuestro satélite y el espacio en general patrimonio mundial, patrimonio de la humanidad. Pero de verdad, uno del que seamos propietarios.