Qué grato es estar a merced de las cosas cotidianas para poder dar de vez en cuando la espalda a todo ese ruido infernal que envuelve al mundo.
Y que esas cosas cotidianas sean, por poner un ejemplo, poder perderse en la historia bien contada del último libro que estás leyendo, sin prisa, un sábado por la tarde, debajo de la glicinia que ha empezado a florecer.
Tal vez al levantar la vista de la última línea de la página de turno, la tentación de caer en el fangal de alguna de las noticias que leíste en el periódico digital mientras desayunabas consigue inquietarte. Sin embargo, prohíbes a tu mente seguir por ese derrotero y vuelves a la lectura. Es sábado, no necesitas más.
Ayer oíste un comentario que te hizo reflexionar. Alguien dijo que el único problema del cambio climático era para los que no se puedan adaptar. Que la Madre Tierra es un sistema cerrado y sus recursos se reciclan continuamente dentro de sus cuatro subsistemas sin pérdida aparente de material. Al principio pensaste que sería una cuestión de flujos humanos. Y no es poco todo lo que eso conlleva; ya lo estamos viendo con todas las personas que vienen del sur, de África, a la vieja Europa. Esta Europa decadente y maliciosa.
Al principio pensaste esto como buena hija que eres del antropocentrismo. En ningún momento se te ocurrió pararte a pensar que un diminuto tardígrado te pueda ganar el partido por goleada. Que quizá aquí la ocasional seas tú.
Desde la glicinia caen sobre el libro, golpeándolo momentáneamente, dos abejorros negros como la boca del lobo. No sabes si se están peleando o es un cortejo amoroso lo que les impulsa. Los abejorros son así. ¿Cómo serán las costumbres amorosas de los tardígrados Esos seres diminutos. Los auténticos herederos. El único bastión de todos los futuros imaginables. Seguro que tanto el amor como la guerra los tienen descuidados; ellos estarán a otras cosas más elevadas. Son los amos.
Sigues leyendo. Has ordenado a tu mente que no piense ni un minuto más en los tardígrados.
Ni en los tardígrados Ni en Cuba. Ni en Ucrania. Ni en Gaza. Ni en Sudán Ni en Myanmar. Ni en Irán Ni en su hambre, ni en sus mujeres, ni en sus niñas y niños, ni en la sangre, ni en el sufrimiento, ni en todos esos jóvenes que dan la vida por su patria tan tan inútilmente.
Así continúa la tarde, aunque no se lo crean, plácidamente. Detrás del muro de mi jardín, un valle verde primavera ondea precioso mientras puede. Ya nos han dicho que el verano va a ser duro.
Aquí al lado están haciendo una balsa enorme. Tremendo destrozo en el paisaje. Tremendo impacto medioambiental, tantos centímetros cúbicos de agua. Ni siquiera a cinco km. Nuestro valle ya sabe que su sed no va a ser aliviada por esa agua.
El agua es vida. Pero no así.
Has ordenado a tu mente que no piense en la balsa.
Y vuelves a la lectura; tus ojos se arrastran por las líneas buscando una especie de muro donde se estampen todos tus pensamientos y se haga el silencio. Tú no tienes hambre, ni frío, ni te pegan ni te violan. Puedes elegir el silencio como primera opción. Pero ya no lo encuentras y, tras leer la última frase:
«Porque darte, la vida no te da nada, pero una se obstina en seguir viviendo» (Cordillera. Marta del Riego).
Cierras el libro.