El novelista norteamericano James Salter, a los ochenta y nueve años, pocos meses antes de morir, da tres conferencias sobre el arte de la ficción en la Universidad de Virginia, en 2014. En el prólogo de El arte de la ficción, Muñoz Molina destaca la maestría de Salter: “Muestra la incertidumbre y el deleite de ir aprendiendo, no la soberbia del saber”; y, leyéndolo, “da la impresión que aspira a la misma precisión inflexible que Flaubert: a que una página de prosa, igual que en un poema, no haya una sola palabra que pueda ser sustituida por otra. La única lección es el trabajo incesante: “Ser escritor es estar condenado a corregir”. En la primera de sus conferencias, El arte de la ficción, destaca a Bábel como un escritor que no se entromete: “Borges dijo que su estilo alcanza la gloria que se supone reservada a la poesía y rara vez logra la prosa”; y dice de él que “escribió y reescribió incansablemente sus relatos. Decía que en una frase hay una especie de palanca que puedes agarrar y girar apenas, lo justo, ni más ni menos, hasta que todo encaja”. Y menciona Mi primer ganso, La calle de Dante y Guy de Maupassant. Después, destaca a Flaubert y su Madame Bovary, que le llevó cuatro años y medio de trabajo. Su afán por escribir con objetividad, con exactitud, con precisión, evitando la metáfora y el juicio moral, cómo ensayaba sus frases y párrafos en voz alta para juzgar su cadencia y fluidez. “Nos regala el milagro de un mundo completo”. Flaubert, dice, perseguía la objetividad y el estilo, la elección precisa de la palabra justa. Pero, el estilo también puede ser otra cosa: “Puede hablarse de estilo cuando un lector, tras leer varias líneas o parte de una página, es capaz de reconocer quién escribe”. Es la voz. “El estilo es una preferencia, la voz es casi genética, absolutamente distinta (…) Hasta que llega un momento en que cuando escribes eres tú mismo, del todo, sin mediación, y suenas tal como eres”. Dice que los escritores que le gustan son los que tienen un don para observar de cerca, que todo está en los detalles, y que sus objetivos al escribir no se alejan tanto de los de Flaubert: realismo, objetividad y estilo.
En su segunda conferencia, Escribir novelas, distingue entre historia y trama, que es algo más, que incluye los elementos causales y las sorpresas. Como él mismo reconoce, “no creo que nadie pueda enseñar cómo se escribe una novela”. Reconoce que es difícil escribirlas: tener la idea y los personajes, la historia, la forma, el estilo, dónde te sitúas como escritor”. “Los escritores que sitúo en lo más alto son Nabokov, Faulkner, Saul Bellow e Isaac Singer”. En Convertir la vida en arte dice que “enseñar a escribir se parece a enseñar a bailar.
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