Aristóteles lo escribió hace nada menos que veintitrés siglos. Las ciudades más prósperas y estables son aquellas con una clase media fuerte. No era una simple metáfora, era un diagnóstico político y económico que hoy en día sigue funcionando perfectamente.
Estados Unidos lo demostró empíricamente tras la Segunda Guerra Mundial. Entre 1945 y 1975 el salario real medio creció un 93 % y el coeficiente de Gini (el índice que mide la desigualdad de renta, donde 0 es igualdad perfecta y 100 desigualdad absoluta) se mantuvo en los valores más bajos de su historia. Aquel período concentra el mayor crecimiento de productividad e inversión pública que ha conocido el mundo occidental. No fue casualidad. La clase media consume, ahorra, invierte y exige a sus instituciones. Es el músculo de una economía sana.
Actualmente España transita el camino inverso y no es algo aislado. Sucede en todo occidente, aunque en nuestro país es aún algo peor. Según el Informe de Riqueza Global de UBS, el índice de Gini de riqueza neta en nuestro país pasó de 47 puntos en 2008 a 57 en 2023. Un salto de 10 puntos en quince años, el tercero más pronunciado del mundo desarrollado. Que el dato promedio de riqueza por adulto haya subido en ese período no es una contradicción, es precisamente la huella estadística de la erosión de la clase media. Cuando la media sube, pero la mediana cae, los de arriba ganan mucho más y el grueso de la población pierde poder relativo.
La segunda ratio que lo corrobora es más cercana y cruda. Los hogares españoles han acumulado la mayor pérdida de poder adquisitivo de los países desarrollados desde 2019. Nuestra renta disponible real ha caído un 6,7 %, mientras la media de la OCDE crecía un 2,9 %. La brecha es de casi 10 puntos. Y dentro de esa pérdida, la cesta de la compra es el capítulo más evidente. Entre 2019 y 2025 los alimentos básicos se han encarecido de media un 45 %, duplicando la inflación oficial acumulada. El IPC general marcó el 20,6 % en ese período, pero las estanterías de los supermercados, el 45 %.
La respuesta de los hogares la vemos en el comportamiento. El 81 % de los españoles hemos modificado los hábitos de compra buscando precio frente a marca, según el Ministerio de Agricultura. Las marcas blancas acaparan ya el 60,5 % de las ventas en valor (España lidera Europa en este segmento) y el consumo de fruta fresca cayó un 0,9 % en 2024 mientras su precio subió un 3 %. Cuando una economía obliga a elegir entre comer sano y llegar a fin de mes, no está midiendo inflación. Está midiendo deterioro estructural.
En León, con una tasa de actividad del 49,28 % y una pérdida neta de 6.200 empleos en el último trimestre, el efecto se amplifica. La clase media no es un concepto sociológico abstracto. Es el ahorrador que construye patrimonio, el empresario que reinvierte y el profesional que sostiene el tejido económico local. Cuando ese estrato se erosiona, los efectos no aparecen en los periódicos de hoy, aparecen en los balances de dentro de una década.