03/02/2026
 Actualizado a 03/02/2026
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Las tractoradas que han vuelto a ocupar carreteras y plazas no son sólo una protesta agraria. Son, sobre todo, un relato. Y como todo relato político, conviene preguntarse quién lo escribe, a quién beneficia y qué verdades deja fuera del encuadre.

Se señala al acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur como si fuera una tormenta bíblica a punto de arrasar el campo español. Se repite que llegarán productos sin controles, que se hundirán los precios, que Europa se rinde. Pero cuando uno se aleja del ruido y mira los datos, el paisaje es bastante menos apocalíptico y mucho más complejo.

El acuerdo no elimina ni un solo estándar sanitario europeo. Ni uno. Ningún alimento puede entrar en la UE si no cumple exactamente las mismas normas de seguridad, trazabilidad y sanidad que se exigen a los productores europeos. Decir lo contrario no es una opinión: es desinformación. Y no es inocente. Alimenta el miedo en un sector ya castigado y evita un debate honesto sobre los verdaderos problemas estructurales del campo.

Porque hay otra parte del relato que se silencia: Mercosur abre mercados. Mercados enormes. Reduce aranceles que hoy penalizan a productos españoles con alto valor añadido –vino, aceite, quesos, conservas– y ofrece una oportunidad real a sectores que sí son competitivos y exportadores. España no pierde soberanía alimentaria por vender más aceite; la gana.

Tampoco se suele mencionar un dato clave: los agricultores españoles cobran ayudas de la PAC. Los de Mercosur, no. Esa diferencia –decisiva– rara vez aparece en los discursos sobre «competencia desleal». Como tampoco se explica que la UE ha previsto cláusulas de salvaguarda y fondos compensatorios para sectores sensibles. El acuerdo no es una puerta sin cerradura; es una negociación con red.

Hay además una dimensión estratégica que se prefiere ignorar. Diversificar mercados no es una obsesión tecnocrática, es una necesidad geopolítica. En un mundo donde los Estados Unidos trumpistas amenazan con aranceles un día sí y otro también, donde el proteccionismo se utiliza como arma política, depender de un solo socio comercial es una temeridad. Mercosur no es una concesión ideológica: es una póliza de seguro.

Resulta llamativo, por eso, el doble discurso de ciertas formaciones políticas. En Bruselas votan a favor del acuerdo; en casa se fotografían con pancartas en contra. En Europa lo defienden como una oportunidad; ante los tractores lo presentan como una traición. No es coherencia: es oportunismo. Y ese juego, lejos de proteger al campo, lo utiliza.

Las tractoradas, tal y como están planteadas, se parecen poco a una movilización social y más a un acto de precampaña. Mucho símbolo, mucho eslogan, poca propuesta concreta. Se agita Mercosur mientras se guarda silencio ante los aranceles reales que sí golpean al sector. Se señala a Bruselas mientras no se cuestiona un modelo que exprime al agricultor entre intermediarios, grandes superficies y costes disparados.

El campo español necesita futuro, no fantasmas. Necesita inversión, innovación, relevo generacional y precios justos. Necesita menos ruido y más política útil. Convertir un acuerdo comercial en el enemigo perfecto puede ser rentable electoralmente, pero no llena graneros ni fija población.

Al final, mientras los tractores avanzan contra molinos imaginarios, los problemas reales siguen esperando al borde del camino entre el arado y el arancel.

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