Aprendiz de tragedia

25/08/2026
 Actualizado a 25/08/2026
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Había un cementerio encima del pueblo que celebraba sus fiestas. No tenía cruces ni lápidas, tampoco nombres escritos sobre la piedra. Tenía árboles. Árboles muertos, tumbados por las llamas, con las raíces todavía agarradas a una tierra que ya no podía defenderse. Eran las tumbas invisibles de un monte que había ardido sin que nadie pudiera celebrar sus funerales. Por eso el llanto se quedó después, cuando el humo se fue y dejó detrás ese olor a quemado que se pega a la ropa, a las paredes y a la memoria. El color y el olor se dieron la mano para anunciar una tragedia que todavía estaba por llegar. Todos pensábamos que la naturaleza acabaría abriéndose paso después del fuego. Que Manzanedo volvería a levantarse sobre esa hoya de la Tebaida abrazada durante siglos por los bosques que ahora se habían quedado sin ser sus escudos. Pero el calendario siguió avanzando. La celebración se instaló sobre una tierra que ya había sido herida y nadie podía imaginar que aquella herida todavía no había terminado de hablar. Primero fueron los rayos y los truenos, como si el cielo hubiera decidido formar parte de la conjura. Después el arroyo empezó a coger fuerza, cargado de piedras y de tierra, buscando el camino que el monte ya no podía cerrar.

El agua siempre encuentra una salida cuando desaparecen las raíces que durante años la sujetaron. Y entonces llegó hasta donde estaban Conce y Begoña, hasta donde estaban los niños, hasta aquella bodega que la familia había convertido en refugio pensando que cuatro paredes podían protegerles de la tormenta. Pero el agua también quiso entrar. Se hizo fuerte, rompió las barreras y terminó formando parte de aquella familia de la peor manera posible: organizando una sepultura. No hubo segundas oportunidades. La naturaleza no siempre las ofrece. En cuestión de segundos dibujó a trazo grueso una tragedia que todavía duele y de la que nadie podrá desprenderse del todo. En Bouzas, los coches parecían fantasmas movidos al antojo de las aguas. Las carreteras dejaron de serlo para convertirse en arroyos y los caminos terminaron poniendo cerrojos a las puertas de los pueblos bercianos. En Peñalba, el barro volvió a recordar un problema decano, el de perder el vial cada vez que el agua decide bajar con toda su fuerza y convertir en lodo aquello que hasta unas horas antes era un camino.

Y todo ocurrió en un sábado de agosto, mientras las orquestas intentaban poner estrellas a la noche de San Roque. Una noche de fiesta en una comarca herida que terminó teniendo que aprender el idioma de la tragedia. Después del llanto queda el miedo, las flores en los camposantos, la mirada hacia el cielo, la maldición a la mala suerte y esa sensación de ser diminutos frente a la herencia que deja el fuego en un territorio por cicatrizar. Y después el «no se vio venir» que no puede llenar el vacío que dejan dos muertes. El consuelo suele estar en decir que aprenderemos. Pero no necesitamos aprendices de tragedias. Necesitamos memoria antes de que llegue la siguiente.

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