vicente-barriob.jpg

Apátrida ideológico

08/10/2026
 Actualizado a 08/10/2026
Guardar

Tuve un amigo, de los que murieron a destiempo, de mala manera, que llevó a la práctica (no del todo, aunque lo intentó hasta su último día), aquello de «vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos». No creáis que es cosa sencilla hacerlo; tienes que tener suerte de que tus padres sean unos benditos, en el más amplio sentido de la palabra, que tengan dinero o rentas suficientes y, sobre todo, que tengan más paciencia que el santo Job. Las tres circunstancias se daban en aquellos cuitados, porque para aguantar a mi amigo había que tenerlos cuadrados. Era, resumiéndolo mucho, un pequeño dictador, un tipo al que no le dio la gana estudiar, aunque era, con diferencia, el tipo más listo que uno conoció nunca; trabajar le producía sarpullidos, fiebres terciarias y un mal humor que le volvía irreconocible, porque él, en el fondo, era un cacho de pan. Se pasaba los días entre la cama, el sofá y llegada la hora, en los bares del barrio, del Húmedo y del Romántico, bebiendo, indiscriminadamente, vino y cerveza, acabando doctorándose en el difícil arte del café torero, esa práctica tan leonesa que casi no se ve en el resto de España, si, a lo mejor, exceptuamos a «la tacita de plata», el Cádiz de la Constitución del año 12. Allí, a los hermanos de mi compadre, los que se pasan el tiempo sentados en un taburete de la esquina de la barra los llaman «los Juan Cojones». Como os dije, mi amigo era un tipo listo..., y leído, porque devoraba libros como tú y yo vemos cualquier tontería en la televisión. Así, adquirió una cultura enciclopédica que le envidiábamos todos. Cualquier cosa que le preguntases, por extraña y abstrusa que fuera, era contestada por él.

En el bar de debajo de casa, se formó una tertulia ácrata, canalla y muy divertida. A eso de las ocho de la tarde nos juntábamos diez o doce personas, casi todos hombres; estaban también tres chicas: Paqui, María Jesús e Inés. Inés era, con diferencia, la chica más guapa del barrio y seguramente de la ciudad. Resumiendo mucho, un bombón; además era estudiada: estaba a punto de acabar la carrera de ingeniero industrial con notas de cuadro de honor. ¿Qué sucedió?; pues lo que todos pensáis: Inés se enamoró como una tonta de mi amigo y luchó como una vietnamita para conquistarlo. Lo que siguió también lo podéis barruntar: quedó preñada. Mi tronco no padeció ni medio dolor de cabeza por este suceso. Dejó clarísimo que no se iba a casar por nada del mundo, pero también afirmó que reconocería al chavea como hijo suyo y que no le iba a faltar de nada en la vida. Tuvieron una niña tan guapa como su madre, a la que criaron, mientras Inés acababa la carrera, sus abuelos paternos.

Resumiendo el cuento: años después, los abuelos murieron y dejaron a mi amigo una herencia nada desdeñable: una casa y un piso en la ciudad, otra casa en el pueblo y una cuenta corriente muy saneada. Mi colega la palmó dos años después y la niña se encontró con que era rica antes de cumplir los diez años.

Yo soy su padrino, por lo que la veo con cierta frecuencia. Es guapa a rabiar, lista como no os dais una idea (ha terminado una carrera con su máster y su doctorado y está a mitad de la segunda), y cada vez que nos vemos me bombardea con preguntas de cómo era su padre y siempre le contesto lo mismo: «Tu padre era un espíritu libre, un fulano que no hizo mal a nadie en su vida, un apátrida de su tiempo, porque debió nacer cien años antes de lo que lo hizo para no parecer lo que por desgracia era: un desubicado, un anarquista de salón, un pez fuera del agua. Era un tipo que nos marcó a todos los que le conocimos de una manera absurdamente radical. Todos lo envidiábamos y no lo queríamos reconocer.

De la panda, de los que quedamos, dos son médicos, uno un empresario de éxito, otro un boticario con posibles y yo, que soy lo más parecido a lo que él fue, un hombre de muchos oficios, y siguiendo el refrán, casi con hambre asegurada. La última de mi ahijada es la del otro día. Me llamó porque estaba asustada con lo de la vivienda: «Padrino, ¿qué debo hacer?, ¿renuncio a los pisos y me quedo sólo con la casa?». Por supuesto, aunque lo intenté, no supe que contestarla…

Salud y anarquía.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído